CRITICA – EL NIÑO PEZ

 

Hace unos pocos días, en una conversación con una editora, la escuché decir que jamás vería las películas El Perfume y El Lector (de próximo estreno en la Argentina), ya que quiere evitar que el traspaso de las hojas a la pantalla borre la sensación maravillosa que le han producido ambas novelas. Y aunque le aseguré que El Lector es un film delicioso y que probablemente no la defraudaría, no logré convencerla. Pero lo cierto es que desde hace meses, más específicamente desde que vi por primera vez el trailer de El Niño Pez, tuve una cierta inquietud, y quizás el mismo miedo que esta mujer apasionada por la literatura.
Pero como la curiosidad puede más, y porque la emoción de ver reflejado en la pantalla lo que tanto me había hecho soñar es demasiado poderosa, esperé con ansias el estreno del segundo film de Lucía Puenzo, aunque no puedo decir que dejé de temblar cuando apagaron las luces, la diminuta sala de un antiguo cine de la avenida Corrientes quedó a oscuras, y sin avances (¡malditos!), dejaron correr la cinta.
Ahora estoy tranquila (¿o inquieta?), lo que vi en pantalla es tal vez la historia (¿lo es?) que Serafín me ladró al oído, pero allí no está la mágica esencia que se desparrama por los capítulos de la primera novela de Puenzo.
El resultado en pantalla es a grandes rasgos un reflejo de aquel diminuto libro, pero no es el reflejo que nos devuelve un espejo impoluto, donde los defectos se agrandan y los detalles diminutos saltan a la vista. Es más bien el reflejo que encontramos por casualidad, al observar, casi al paso, un charquito de agua. La superficie tiembla y la imagen es borrosa.
Claramente la película no es el libro, si bien en general mantiene las estructuras, la mayoría de los personajes y muchas escenas, que al verlas son como haberlas imaginado. Por momentos, la voz de la Guayi (Emme) parece resonar en el interior de la mente –al menos de los también lectores–, allí atrás, en el pasado, donde los diálogos se reproducen sin modificaciones.
Hay una cierta fidelidad en determinados elementos que se agradece, así que los que tuvimos la suerte de leer esta historia sin la contaminación visual, podemos encontrar allí retazos de la verdadera historia, de esa que Serafín, el perro “vayasa” (“vaya a saber quién es el padre”) de Lala (Inés Efrón), narra con saltos temporales, que nos cuenta desde su baja estatura, desde su mentalidad perruna; que nos confiesa, casi como un secreto, con un tono altamente subjetivo. Narración que nos hace atravesar, con respiros humorísticos, con observaciones que solo un ser de cuatro patas puede realizar con total simpleza, situaciones por demás oscuras, tristes, incluso trágicas.
Aquí, y ahora si me voy a alejar de la novela en la que esta película está basada, porque después de todo esto es una crítica cinematográfica, es donde reside la principal diferencia. El Niño Pez es una película retorcida, oscura, perversa. Incluso en el final, cuando la sala vuelve a oscurecerse y el tema de amor de Lala y la Guayi (“Con locura”, de Los Potrancos) acompaña los títulos, el sabor amargo prevalece sobre la esperanza, sobre la duda de que quizá todo mejore, sobre el deseo de que finalmente el sueño pueda ser cumplido. El final feliz que sentencia Lala, porque es tal vez ella, cuando en realidad nada termina, cuando todo comienza, quien pide que el “the end” aparezca por fin.
Ahora… ¿quién es Lala? Lala debería ser una nena bien de zona norte, que tiene la posibilidad de poseer todo para ser feliz, pero como las apariencias engañan y la puerta de calle es solo una fachada de la idea de familia ideal que intentan cultivar los Brontë, Lala no termina siendo la típica adolescente que juega al hockey y sale a bailar por Olivos.
Lala sufre su mundo asfixiante, sufre a su padre juez (Pep Munné) y a su madre superficial (Sandra Guida), sufre a su hermano drogadicto (Julián Doregger), que en la adaptación se descolora incluso en el cambio de nombre –de Pep a Nacho–, y sufre porque es rarita –en todos los sentidos–.
Pero los ojos se le iluminan cuando una chica no mucho mayor que ella llega de Paraguay para convertirse en la empleada doméstica y, tal vez, a ésta joven inmigrante le pase lo mismo, porque a la Guayi, se le nota, aunque quizás sea el personaje más optimista de todo el film, que toda su vida estuvo teñida de tristezas e injusticias.
Los oscuros ojos de la Guayi tienen esa sombra de adultez que expresan todos los chicos que no tuvieron otra opción que crecer de golpe. Los de Lala se van a ir apagando a medida que transcurran los minutos de cinta.
Todo esto lo inferimos, lo escuchamos, lo vemos a través de flashes que van y vienen, que nos terminan explicando por qué en los primeros minutos la chica de zona norte abandona su país y aparece en Paraguay. La disposición de las escenas pueden confundir a un espectador desatento, pero Lucía Puenzo eligió contarnos esta historia de manera desordenada, hasta que inevitablemente el pasado empalma con el presente.
Al principio sabemos que Brontë –el padre– murió, que Lala espera a una Guayi que jamás llegará a su pueblo natal, porque ha sido apresada, y que tal vez en un instituto de menores, la chica tenga que expiar otras culpas.
En ese punto confuso es donde el pasado de esta joven paraguaya se une con una leyenda popular, la de “el niño pez”, que convierte en fervorosos creyentes a todos aquellos que necesiten creer en algo, y Lala, lejos de su hogar, de su perro y de su novia, realmente está necesitada de un poco de fe.
Qué metáfora terrible la utilizada por Puenzo para un hecho desgarrador; la esperanza en un mito, en ofrendas, en un ser del folclore popular que tiñe a este cuento tan real, tan cruento, tan palpable, de un halo de fantasía, logrando entibiar el alma por unos segundos, donde nos apenamos por la Guayi y por Lala, donde justificamos todo, desde el asesinato hasta ese amor ilegal entre estas dos adolescentes de mundos tan disímiles, que solo pueden ser redimidas una en brazos de la otra.
Si leyeron algunos de mis avances sobre este film, que fue estrenado durante las jornadas del Bafici, sabrán que otro de mis miedos recaía en la elección de la realizadora de poner a Mariela Vitale –o Emme, como es mejor conocida– a interpretar a la Guayi. Que el papel recayera en esta cantante devenida en actriz no me daba mucha esperanza, pero debo decir que Emme me sorprendió gratamente.
No es de ella la culpa que de femme fatale, según los ojos de Serafín, la Guayi pase a ser una chica de “dudosa reputación”; eso es básicamente una concepción que se desprende del guión. Una lástima, porque no le hace justicia al personaje, pero de todas maneras la hija de Lito Vitale le pone el cuerpo sin reparos, un muy buen acento y una dulce voz que despliega cuando entona unas pocas estrofas en guaraní. Ah, Lucía, te alabamos por esa ropa interior turquesa que le hiciste usar, muchas somos las que te estamos agradecidas.
Inés Efrón, que vuelve luego de XXY a ser dirigida por quien la lanzara a la fama, luce gris, apagada, zigzagueante, un poco deslucida. Por lo que se puede decir que la de esta joven actriz es una muy buena actuación, porque Lala es gris, apagada, zigzagueante y deslucida; sí, Lala solo brilla en presencia de la Guayi. Ahora sí, ¿no hay operaciones para modificar las cuerdas vocales? Por favor, qué molesta es su voz de nena boba, por momentos se hace insoportable, pero qué le vamos a hacer… viene incluida en el paquete.
En cuanto al resto del elenco no hay mucho que decir; son ellas dos las que se cargan el film al hombro. De Arnaldo André no voy a hablar demasiado, porque aún estoy queriendo entender –entre otras cosas– por qué Sócrates –un actor de telenovelas paraguayas– y el abuelo de la Guayi se fundieron en el film para convertirse en su padre, dando paso a una vuelta de tuerca tan siniestra que aún me hace estremecer.
La madre y el hermano son poco más que adornos; mientras que el padre (encarnado por el español Pep Munné, a quien se lo vio en Lifting de Corazón, La Puta y la Ballena y Los Amantes del Círculo Polar) se luce en su rol. Al personaje de Diego Velásquez ­–el entrenador de perros que en el libro tiene un papel decisivo– se le da poca importancia, reduciendo lo que podría haber sido un excelente clímax, a un simple tiroteo muy poco creíble.
Sí, ya sé, a ustedes no les interesa todo esto, ustedes solo quieren saber de magreo, ¿no? Besos hay, desnudos también. Mimoseo y algo de romance. Emme y Efrón tienen feeling, eso se nota, y Puenzo supo aprovecharlo al máximo, desde los posters –donde las chicas aparecen besándose– que inundaron las calles de Buenos Aires (¡todavía los estoy aplaudiendo!), hasta la escena final, porque después de todo, y a pesar de todo, ésta es una historia de amor.
¡Qué loco! Cuando tomé la lapicera no sabía qué iba a escribir pero, como verán, escribí bastante; lo extraño es que después de tantas palabras aún no puedo decir realmente qué me pareció El Niño Pez.

 

Posted by Débora Dora