SONJA
La adolescencia es una etapa difícil en la vida de cualquiera, no hace falta que los expertos en psicología lo digan, basta con haber dejado atrás la edad del pavo para sumergirse en años de incertidumbre, miedos, alegría, fracasos, descubrimientos y muchas otras cosas que se van viviendo y quedando atrás a medida que crecemos y comenzamos a lidiar con responsabilidades de la edad adulta.
Evidentemente crecer en Argentina, China o Finlandia debe ser igual de complicado, salvando las distancias. Adolescentes de aquí y de allá sufren, cada uno a su modo, los mismos desencantos, la soledad y la incomprensión. Y a Sonja, en la Alemania post caída del muro, le sucede lo mismo que a sus congéneres.
Sonja (suena similar a la pronunciación de Sonia), que le presta el nombre al título de la película, es una adolescente callada y taciturna de 15 años. Incomprendida por sus padres divorciados, vive con su mamá, que no hace más que fruncir el entrecejo ante todo lo que su hija dice o hace. Sale con un muchacho al que apenas soporta y que quiere dejar de ver, pero que, cual perrito faldero, la sigue embobado. Y anda siempre con su mejor amiga, Julia, que parecía inteligente hasta que demuestra lo contrario.
Además de todo, y como si cargar con el estigma de los años teens no fuera suficiente, la rubia de ojos claros se comienza a dar cuenta que esos sueños que tiene sobre andar besuqueando el cuello de su amiguita no deben ser tan “normales” después de todo, y que el calor que siente cada vez que rodea el cuerpo de la joven y se adhiere a su espalda, ya sea en la moto o en la cama, no es común en una simple amistad.
Sumado a su descubrimiento, debe lidiar con sus progenitores, soportar las hormonas revolucionadas de sus amigas, observar como Julia se pierde tras los chicos bonitos, y emprender un viaje a la casa de la nueva familia de su padre, donde conocerá a un extraño vecino.
Parece que pasa de todo, pero en realidad poco sucede. Sonja (y esta vez no hablo del personaje, sino de la película en sí) es, a primera vista, un filme más sobre nadismo. Pocas acciones, pocas palabras. La inexpresividad de la actriz principal tampoco ayuda. Ella se mueve como si se fuera arrastrando por la ciudad y por las playas del Mar Báltico (donde fueron filmadas varias escenas); evidentemente, muchas cosas suceden en su cabeza, pero poco deja traslucir su rostro. El ritmo se hace lento y los pocos minutos que dura el filme (apenas 72, ¿para qué más?) se tornan tediosos. Y cuando, con sopor me doy cuenta que culmina, me pregunto dónde está el cambio. Porque, generalmente, cuando toda buena historia termina, el protagonista ha cambiado, ha evolucionado, para mejor o para peor, pero nunca se mantiene igual. Y en este caso, Sonja vuelve a casa con algunas respuestas y con algo menos, pero nada más…
Sabemos que la etapa del acné y del desarrollo es una de las preferidas de muchos cineastas, que le han sacado el jugo de diferentes maneras, pero la obra de Kirsi Liimatainen no hace ningún aporte sustancioso. Y el descubrimiento de la orientación sexual de la chica, que a simple vista, la perturba, no es explotado de manera total, aún sabiendo que es un campo sumamente rico en detalles interesantes.
Chicuelas, si esperaban ver una encantadora historia de amor lesbico adolescente, como nos vende el póster de Sonja, quiero decirles que no se emocionen, no es lo que van a encontrar acá. ¿Dónde están los besos y el magreo? No lo sé. Este filme alemán, que ha recibido Menciones Honorables en el Festival de Cine de Miami, y en el de cine gay de New York, no nos regala más que un par de miradas y algo de caricias.
Si pensaban suspirar por alguna de las dos protagonistas, no se gasten, no hay mucho que ver. Sabrina Kruschwitz, que parece una versión mayor de la hija cachetona de Allison Dubois en Médium, y Julia Kaufman, mezcla de Amber Tamblyn (Joan of Arcadia) y Anne Hathaway (El diablo viste a la moda), no son para perder el aliento.
¿Escenas de sexo? ¿Qué es eso?
Ay, Fucking Amäl, ¡como te extraño!
Posted by Debora Dora |