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Este cuento tiene una primera parte que podés leer aquí
Algo para recordar 2
Nunca más supe de ella, hasta aquel día. Habían pasado casi tres años de ese verano en Mendoza. Me había quedado colgada en sus ojos por varios meses, no podía olvidarla, hasta que apareció Marina. Ella me hizo olvidar la noche de amor en el mirador, sus ojos y su aliento a frambuesa. Más bien, no me la hizo olvidar, pero si dejarla atrás.
Con Marina salí dos años, lo suficiente para recuperarme de ese amor de verano. De todos modos, Marina me dejó por un hombre, así que mi corazón estaba perdido de nuevo.
Era una época en la que mis amigas me llevaban a bailar y me invitaban a tomar mate y pasear todo el tiempo, me veían muy triste. Era una época en la que me sentía fuera de mi cuerpo.
Siempre estaba ausente, en las charlas con mis amigas ellas reían y yo hacía una mueca como para seguir el chiste, pero en verdad no lo había escuchado. Cuando íbamos a bailar, me presentaban chica tras chica y ninguna me interesaba. Pensaba que nunca me volvería a enamorar.
Una noche de luna, cuarto creciente, fuimos a un pub nuevo que había abierto en el barrio. En mi nuevo barrio. Me había mudado con Marina a un departamento que heredé de mis abuelos y después de la ruptura no quise volver a casa y me quedé sola. A veces, pensaba que el estar sola me hacía aún peor, pero a su vez no quería que nadie me esté atrás preguntándome cada dos segundos si estaba bien.
Fuimos al pub y escogimos una mesa. Éramos siete chicas, algunas estaban con sus novias, otras como yo, solas pero a diferencia mía, con muchas ganas de encontrar alguna diversión esa noche. Yo estaba concentrada en mi trago, revolviéndolo con el sorbete, con mis ojos centrados en el líquido de color artificial.
A mi lado estaba sentada Carina, mi mejor amiga desde que tengo uso de razón. Ella estaba con su novia dándole besos. Yo la ignoraba. De pronto sentí su codo golpeándome las costillas. La miré con mala cara, como si le pidiera que deje de molestarme y vaya con su novia a besarse a otra parte. Ella me miró y levantó los ojos hacia mis espaldas, como descubriendo algo con su mirada.
Giré lentamente y ahí estaba. Sentada a mi lado, mirándome con una sonrisa amplia. Me quedé congelada. Escuché que Carina me decía algo así como “¿y esta loca? ¿La conocés? No tuve reacción para nada, ni para responderle a Carina, ni para decir “a” a Lucía.
Entonces fue ella la que habló.
“No sabés cuánto esperé este momento…”
Yo seguí en silencio. Ella estiró su mano, acarició mi mejilla.
“Te busqué tanto preciosa. Todo este tiempo recorrí cada lugar donde pensaba que podías estar. No podía olvidarte…”
Aquellas palabras eran de ensueño. Había imaginado siempre el reencuentro, preparado por el azar, y había deseado que ella me dijera esas palabras, que seguía pensando en mí. Por eso, seguía shockeada, creyendo que estaba soñando, que me había quedado dormida arriba del trago y me levantaría toda mojada.
Me agarró las manos y las envolvió en las suyas.
“¿Cómo estás?”
“Shockeada”, pude decir casi sin aliento.
“Bueno, yo también”
“¿Qué fue lo que pasó? ¿Por qué te fuiste así?”
“Ay, princesa”, suspiró. “Aquella mañana llamaron a mi madre al celular y le dijeron que mi abuela había muerto. Guardamos todo y nos fuimos. Yo quise avisarte pero me dijeron que no te moleste que debías estar durmiendo. No me dieron tiempo. Cuando estaba en el auto, me di cuenta que podía haberte dejado un papel por debajo de la puerta, pero lo pensé tan tarde… cuando me di cuenta lo lenta y tonta que había estado mis ojos se me llenaron de lágrimas. Y luego me preguntaba por qué no me lo habías dado la noche anterior, por qué y por qué. Y nunca más supe de vos. Pero nunca te olvidé. Sos tan hermosa…” dijo con una lágrima rodando por su rostro.
Se acercó lentamente y hundió sus labios en los míos. Volví a sentir el gusto a frambuesa. Sentí que me volvió el alma al cuerpo.
“Pasáme tu número ya”, le dije sonriendo. “No te me escapás ahora”.
Nos intercambiamos teléfonos, mail y celulares. La presenté a mis amigas y todas se asombraron de conocer a la famosa Lucía.
Le pregunté si quería venir a casa y aceptó. Así que saludamos y nos fuimos tomadas de la mano caminando hacia mi departamento que quedaba a unas pocas cuadras.
En el ascensor me arrinconó y me dio un beso apasionado: sus labios atraparon los míos y su lengua recorrió mi boca con rapidez. En ese instante morí por hacerle el amor.
Cuando llegamos a mi piso se apartó de mí con una sonrisa y abrió la puerta. Apenas entramos se tiró en el sillón como si se tratase de su propia casa. Enseguida desee que no se vaya nunca más. Pensé en decírselo pero no quise parecer ansiosa. Le ofrecí algo para tomar, pero no quiso. Solo me invitó a sumergirme en sus brazos. Me senté a su lado y me cobijó en su pecho. Estuvimos un rato en silencio hasta que me incorporé y comencé a darle besos intermitentes, mordisqueando su boca.
Lucía se dejaba morder y yo alternaba besos con mordiscos. Ella pasó su lengua por mi cuello. Erizó mi piel de punta a punta. Me sacó la remera con un rápido movimiento y luego el corpiño quedando frente a ella con el torso desnudo. Me detuve a mirarla a los ojos, le sonreí. No podía creer tenerla nuevamente conmigo, frente a frente. La miré para nunca olvidar esa imagen. Se abalanzó hacia mi pecho, pasando su lengua en círculos, endureciendo mis pezones. Mientras lo hacía, yo acariciaba su espalda por debajo de su ropa, intentando sacársela. Ella se incorporó y se la quitó muy sensualmente. Me acerqué y la besé profundamente recostándola en el sillón, acomodándola debajo de mi cuerpo caliente. Rocé mis pezones contra los suyos y me movía para ver como los de ella se ponían duros. Bajé mi mano recorriendo su cintura y la metí lentamente por debajo de su pantalón, sintiendo el ardor más íntimo. Dejé mi mano quieta y veía sus ojos que reclamaban acción. Le desabroché el pantalón y se lo quité rápidamente. Me quedé allí abajo y pasé mi lengua para beber de sus jugos. Subí recorriendo cada centímetro de su cuerpo hasta llegar a su boca salvaje.
Nos besamos intensamente, Lucía me sacó el pantalón y frotamos nuestros cuerpos en distintas cadencias. Sentí el orgasmo llegar a mí como un torbellino. Las dos, nos quedamos abrazadas, desnudas, enroscadas.
Luego de ese reencuentro, no nos separaríamos más.
Posted by Bathory
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