Algo para recordar

 

Todos los años, desde hace unos cinco, suelo dividir mis vacaciones en dos. Una parte la comparto con amigas y la otra con mi familia.
Con mis amigas, solemos ir a la costa, algunas veces a Mar del Plata, otras a Vila Gesell y si no me equivoco hemos ido a Pinamar también.
Este año habíamos ido a Villa Gesell. No fueron las vacaciones más excitantes que he tenido, a decir verdad, fueron bastante aburridas. Mis amigas se pusieron a “noviar” con un grupito de amigos y yo quedé sola yendo y viniendo a la playa. No es que ningún chico estaba interesado en mí. El problema era yo. Así que más que unas vacaciones para recordar, fueron para olvidar.
Con mis padres y mis dos hermanos varones, recorremos alguna provincia del país. Hemos ido a Villa la Angostura, a Merlo en San Luis y otros. Este año el destino elegido era Mendoza.
Mis expectativas para estas vacaciones familiares eran pobres, ya que el año había sido bastante tenso entre nosotros, discusiones, enemistades, etc. Hasta me había preguntando si realmente valía la pena ir. Y no se por qué fui.
El lugar era maravilloso. Un complejo con cinco cabañas al pie de la montaña, con una pileta de grandes dimensiones, con el agua cristalina (se podía ver el reflejo de las montañas en ella). Llegamos luego de casi 10 horas de viaje, bajamos las valijas, la dueña del complejo nos mostró el lugar y nos tiramos a descansar.
Luego de la siesta, nos bañamos y cenamos algunas cosas que habíamos traído de Buenos Aires que no podían quedar tantos días en la heladera, y luego salimos a dar una pequeña vuelta por la ciudad.
Al volver cruzamos todo el complejo con el auto. Llevaba la cabeza tirada hacia atrás y los ojos entornados.
”Mirá esos llegaron recién”, dijo mi madre señalando una familia que estaba descendiendo su equipaje del baúl.
Abrí mis ojos, levante mi cabeza y la vi. Tenía una mochila al hombro y un bolso en la mano. Sonreía dejando ver su brillo interior. Al parecer se burlaba de alguna protesta de su padre.
Mis vacaciones, habían cobrado sentido. Estaría una semana tratando de cruzármela, de verla y si todo iba a mi favor, quizás hablarle. Y mejor aún: besarla.
Me fui a dormir imaginando el primer encuentro. ¿Sería en la pileta? ¿En el jardín? ¿En las hamacas? ¿Me hablaría ella? ¿Me animaría yo?
A la mañana siguiente, mientras desayunábamos en el jardín la vi irse con sus padres – era hija única o tenía hermanos mayores que ya no veraneaban con ellos – Nosotros salimos más tarde. Cuando volvimos, su auto ya estaba en la cochera, así que no supe cuando había vuelto.
Después de cenar, salí a ver la noche, esperando encontrarla. Estaba estrellado y la luna cuarto creciente.
Me paré en la puerta mirando hacia su cabaña. En el silencio de la noche supe distinguir la voz de su padre y su voz. Imaginé que era su voz, porque era como una melodía, dulce. Como ella.
Escuche una vuelta de llave y mi corazón comenzó a latir con fuerza. Abrió la puerta y salió con pausa hacia casi el centro del jardín. Yo la miraba embelezada, ella no había notado mi presencia.
Baje un momento mi mirada y al levantarla tenía la suya clavada en mí. Estaba mirándome con las manos en los bolsillos y esa sonrisa.
“Hola”, disparó.
”Hola”, dije como al pasar. Intenté que parezca un saludo cordial de vecinos, no como si me muriese por hablar con ella.
“Linda noche”, dijo segura.
Acentí tímidamente.
”Hasta luego”, murmuré y me fui adentro, a refugiarme, mi vergüenza y yo.
A la mañana siguiente no pude levantarme temprano como todos. Me había costado dormir, pasé la noche torturándome por haber sido tan tonta, tan lenta, tan inexperta. Pero me alenté imaginando una segunda oportunidad, una nueva manera de acercarme.
Mis padres no tuvieron paciencia para esperarme y se fueron con mis hermanos. Así que me quedé sola y aproveché a dormir un poco más.
Cerca del mediodía me levanté y fui a la pileta. Estaba vacía, para mi sola. Sonreí pensando que sería de ensueño que se aparezca con su cuerpo casi perfecto en el agua en un abrir y cerrar de ojos, pero al mirar su cabaña, vi que el auto no estaba, así que supuse, ella tampoco.
Me saqué el short y me metí al agua, nadé unos minutos. Luego me sumergí unos 30 segundos para sentir el frío del agua en mi cabeza. Cuando salí a la superficie y abrí mis ojos, había al lado de mis ojotas otro par. Pasé mis nudillos fuertemente por mis ojos y al abrirlos se habían posado unos pies delicados delante mío. Levanté la mirada y vi el contorno de su silueta en contraste con el sol. En silencio se metió despacio, sumergiéndose de a poco y en cuestión de segundos la tenía parada al lado mío, dentro del agua.
“Anoche te fuiste de golpe”, me dijo como si me estuviese reclamando.
“Si, perdón”, dije sintiéndome una tonta. “Me llamó mi vieja a comer el postre”.
”Ah… me quedé hablando sola”, me dijo sonriendo de una manera tierna que no había visto en nadie.
”Perdón” dije entornando mis ojos.
“Estás perdonada”. Sonrió y se zambulló en la pileta y nadó hacia la otra punta. Dibujé una expresión de felicidad en mi rostro cuando la vi a lo lejos en el mismo lugar que yo, a solas. Miré su cuerpo, compacto, con sus curvas bien delineadas. La miraba incrédula, pensando que quizás estaba soñando.
Nadó hacia mí por debajo del agua y apareció a centímetros de mi cuerpo.
“¿Cómo te llamás?”
”Vera”, dije intimidada por la cercanía de su boca. “¿Vos?”, me animé a preguntar.
“Lucía”, respondió rápidamente, casi antes que yo terminase mi pregunta.
“Te juego una carrera, ida y vuelta”, me dijo como si fuese una niña, como si tuviese esa idea desde que me preguntó mi nombre y ni lo hubiese escuchado siquiera. Me enterneció, me pareció inocente, pero segura. Como si no le importase lo que yo pensara de ella.
”Dale”, respondí entusiasmada.
“Listos, ¡ya!”. Lucía salió disparando y yo apenas me había acomodado para salir. Nadé con fuerza pero ya la carrera estaba perdida. Mientras que ella ya volvía y yo todavía iba, le grité que era una tramposa, ella se reía gozando la situación.
“Tramposa, sos una tramposa”, le decía enojada, ofuscada. Ella dejó de nadar.
“¿Me estás haciendo puchero?”
”Si”, dije haciéndolo más pronunciado.
“Jaja, ¡Qué tierna!”, dijo y siguió nadando. Mis dudas sobre su inclinación seguían en pie. Me confundía su actitud. Su andar, su manera de acercase me hacían pensar que podía tener los mismos gustos que yo. Pero ese “que tierna” tan desinteresado, me sonó a heterosexual simpática que como viajó sin su novio se acercó a una mujer para hacerse amiga.
Llegaron mis padres y tuve que marcharme, a pesar de las ganas que tenía de quedarme. Le dije que la vería luego y me saludó con un ademán con su mano. Me enrollé en la toalla, y volví a la cabaña.
Pasaron unos días hasta que la volví a ver. Aquellos fueron vacíos. Me asomaba por la ventana y nada. El auto seguía ahí o no estaba, pero no lograba verla ni siquiera subiéndose al auto.
Aquel día mis padres y hermanos dormían la siesta. Yo leía en el comedor una novela sobre una mujer que había tenido una aventura con una sirena y alguien golpeó a la puerta.
Abrí sin preguntar y del otro lado estaba ella.
“Perdón que moleste, ¿dormían?”
“Mis papás, yo no”
Le hablé susurrando. La atendí en la puerta, ella vestía un short y la parte de arriba de la malla.
”Mis padres andan medio cansados y no saldrán esta noche, así que me preguntaba si querías ir a algún lado conmigo. Vamos con mi auto”.
”Eh… si, claro”, dije sorprendida. “¿Después de comer?”, pregunté nerviosa.
“Dale, después de cenar, ¿tipo 11 te parece?”
”¿Si, me golpeás la puerta?”
“Te busco a las 11 por acá y vemos donde vamos”.
“Dale”.
Nos quedamos mirando unos segundos. Ninguna intentó disimularlo. Sus ojos eran espejos que cambiaban de color según le daba el sol.
Casi no comí nada, estaba tan nerviosa como si fuera una cita. Quizás lo era, pero no estaba tan segura. Supuse que me hablaría de su exitoso y apuesto novio, deportista y con dinero.
Once menos cinco golpeó a la puerta, saludé a todos con un gesto y me fui.
Ella me esperaba, más hermosa que nunca. Llevaba un collar que le hacía juego con su piel y sus ojos se habían vuelto color miel.
Caminamos en silencio hasta su auto. Subimos y salimos del complejo.
“Me dijeron que a unos kilómetros hay un mirador que se ve gran parte de la ciudad, ¿querés que vayamos? La noche está estrellada y…”
La interrumpí. Su plan me parecía muy romántico y eso, además de entusiasmarme y excitarme, me había puesto muy nerviosa.
“Sí, me encanta”
“Ah, ¿ya conocés?”
“No, no, escuché nomás…”
Las dos permanecimos en silencio hasta llegar al mirador. Había un par de autos, la luna y las estrellas. Ella detuvo el motor mirando hacia el frente con la mirada perdida. Después de un pequeño transe me invitó a bajar. Estuvimos paradas muy poco tiempo. La vista era preciosa pero el frío había puesto mi piel de gallina.
“Estás helada, volvamos al auto”, me dijo. Pensé que aquel había sido un detalle muy tierno, se había fijado e interesado en lo que me pasaba. Me estaba cuidando.
“Mejor nos quedamos acá ¿no?”
“Si”, asentí tiritando.
“A ver, creo que está mi camperita”, comentó estirándose hacia el asiento trasero. Su brazo tanteaba detrás de mi asiento y su boca estaba a casi 30 centímetros de la mía. Su aliento olía a frambuesas, moría por besarla.
“¡Acá está!” me dijo mientras se alejaba. Me dio su abrigo, me lo puse. Tenía su aroma, era como si me estuviese abrazando, me sentí plena.
“¿Mejor ahora?”
”Mucho mejor”, sonreí.
Lucía puso música, nada especial, intentó sintonizar una radio al azar. Aunque sospeché que tan al azar no era porque lo único que pasaban eran temas lentos.
Hablamos casi una hora sin parar, ahí sentadas. Lo extraño fue que ninguna mencionó tema de novios, ni parejas, solo nos ocupamos de nuestros gustos y ocupaciones. De pronto nos invadió el silencio y nos desnudamos con la mirada.
Luego de ese abismo las cosas sucedieron de repente, sin meditación previa.
Ella comenzó a acercarse. Yo la miraba fijo deseándola en mi silencio.
En un instante su cuerpo perfecto se acomodó junto al mío y me besó intensamente. Su lengua recorría mi boca y luego mi cuello. Yo mordía sus labios con desesperación, tocaba su cuerpo con dulzura. Sus pechos estaban tensos como un fruto maduro.
Bebí de su ser y ella del mío. Luego se quedó en silencio sobre mi pecho, supuse que escuchando mis latidos.
Volvimos al amanecer, cada una a su cabaña. Al otro día, cuando desperté salí con mis padres y la vi irse con el auto cargado.
Quise correr tras ella para pedirle su mail, su teléfono, algo que me permita volver a verla. Pero no pude. Por más que corriera no la alcanzaría.
Y así fue como nunca más supe de ese amor que hizo de ese verano, algo para recordar.

Posted by Bathory