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Estaba totalmente agotada de la vida que llevaba. Cansada de levantarse a las seis y media de la mañana, darse un baño, poner el café a hacer, terminarse de cambiar, servirse el café, preparar las cosas para el trabajo y escupir el café ya frío. Todas las mañanas lo mismo, y todos los días la misma rutina laboral, luego gimnasio y después algo rápido para comer y a dormir. Pero por suerte, las tan ansiadas vacaciones habían llegado y Sofía marchó hacia una playa en algún lugar inhóspito de este país. Armó un pequeño equipaje y se tomó un micro a la nada. Apenas se instaló en el hotel, cerca del atardecer, salió a caminar por la playa. La arena eran un masaje para sus pies, el sol cayendo le recortaba la silueta. La playa estaba desierta. A lo lejos, a dos o tres playas de distancia se podía ver gente. Pero Sofía estaba en la última, sola, caminando hacia el muelle. Llegaría hasta ahí y una vez parada frente a las viejas maderas que sostenían el sendero, volvería o quizás caminaría un poco y sentiría el crujir de la madera mojada por el mar. La arena se amoldaba a sus pies cansados y casi deformes. El agua que venía y se iba le refrescaba el alma y el aire le hacía ver un poco más claras las cosas. Sofía respiró hondo y agradeció a alguien superior el estar allí. Iba mirando las formas que hacía su sombra a medida que el sol se ocultaba. Sentía su rostro seco por el aire. El muelle estaba más cerca. Y el sol bajaba. Allí, al lado de uno de los pilares de madera una silueta parecía dormir bajo los efectos de la belleza de la naturaleza y soñar con mariposas y flores. Sofía vio una preciosa mujer mirando a la nada. No dormía, pero estaba tan quieta que parecía muerta. Sofía dudó en seguir avanzando. ¿Qué haría al llegar a ese lugar? ¿Seguir de largo? ¿Detenerse como planeaba y emprender la vuelta? Sería raro... ¿Caminar por el muelle como si nada? Al menos debería saludarle. Sofía se detuvo un instante y miró hacia el mar... En ese momento en el que giró la cabeza hacia la inmensidad, la silueta que posaba a unos metros de distancia descolgó su vista del infinito y contempló a Sofía, que parecía su espejo. Sofía notó la mirada penetrante de esa silueta y se puso tan nerviosa que empezó a ahuecar con sus pies la arena. En ese preciso instante decidió hacer de cuenta que nunca había visto nada a su alrededor y se sentó con la mirada fija hacia el mar. Aquella
sombra oculta debajo del poste, comenzó a moverse. Cada paso que
daba era un latido más fuerte al corazón de Sofía.
Finalmente, la sombra recortó el poco sol que acariciaba sus mejillas.
Sofía levantó la mirada. Aquella silueta era más
bella que ese atardecer, más bella que el mar, que la arena. Más
bella que cualquier cosa que hubiera visto antes. Su piel era blanca,
pero con un color rosado. Sus ojos verdes profundos, su sonrisa inmensa,
su cabello brillante como el sol. Sofía quedó petrificada.
La hermosa mujer se sentó a su lado. Pasó un rato hasta
que alguna pronunció una palabra. No se sabe quien habló
primero, quizás ni siquiera hablaron, quizás fueron solo
suspiros. El sol se había ocultado y ambas mujeres permanecían
allí como dos estatuas. Aquella misteriosa mujer se acercó
a Sofía, mojó sus labios y emprendió un beso suave.
La luna asomaba pálida como el rostro de la mujer. Se besaron tiernamente,
sus lenguas se reconocían y sentían el sabor de cada una.
Sofía sintió el beso dulce de la mujer, pero con un sabor
salado. Imaginó que sería por el tiempo que permanecería
sentada bajo el muelle contemplando atardeceres. Esa
misma noche Sofía volvió al muelle a buscar a su amada,
no la encontró. Permaneció todos sus días allí,
esperándola. Una noche un anciano de esos que tienen tantas arrugas
como años, vio a Sofía en la playa y le aconsejó
que se vaya porque no era seguro para una mujer tan hermosa estar ahí
sola. Sofía le preguntó al viejo si no conocía a
una mujer que pasaba horas en el muelle. El viejo la miró con pena
y le dijo: esa mujer es una sirena.
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