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EL GRAN RITO DE ÁVALON*
Apenas moví mis brazos, las nieblas se disiparon. Es un acto que parece tan simple, pero lograr avanzar por aquel lago requiere, no solo de todas mis fuerzas y concentración, también de años de estudio, preparación y una devoción total para con nuestra Diosa.
Cuando la embarcación avanza y la niebla vuelve a cubrir Ávalon, me acomodo nuevamente entre las doncellas. Los remeros se mueven con más ímpetu, cuando yo preciso de más tiempo, de un tiempo que no me será concedido, porque mi formación ya llevó demasiados años, y mi posición siempre fue considerada un privilegio dentro de la Isla; nadie podría entender mi titubeo.
Raven, la doncella gentil, me observa. No dice nada, nunca dice nada. Su espiritual silencio no es más que un sacrificio, uno de los tantos sacrificios que realizamos en pos de algo superior, de algo que transciende las fronteras de Ávalon y de nuestro mundo mortal. No habla, pero me tranquiliza con la mirada; debe presentir los remolinos de mi alma.
La balsa hace contacto con la tierra, y antes de descender me doy cuenta que mi destino ya está sellado. Allí, grabado en las estrellas, escrito en los campos.
El cuerpo permanece rígido, pero mi corazón se inquieta al caminar por tierras que hoy me resultan ajenas. Después de muchos años, desando el camino que me alejó de mi hogar, que me extirpó de una vida de comodidades. Ahora vuelvo a pisar el suelo de Camelot como una iniciada, pero ya no puedo seguir llamando a Camelot mi hogar.
Telas oscuras cubren mi cuerpo, la pintura ritual se extiende por mis brazos, por mis piernas, por mi pecho, por mi rostro. Solo mis ojos brillan tras la máscara de metal que protege mi identidad. El cielo se muestra calmo, las altas pasturas danzan al ritmo de los tambores, y yo avanzo guiada por las doncellas, a paso lento, hacia mi sacrificio personal. La ceremonia está a punto de comenzar.
Nos internamos entre los árboles, y a medida que se acerca la noche, la oscuridad se hace más profunda. En un claro del bosque, que sirve de antesala de aquella cueva, las sacerdotisas envuelven a la Dama del Lago. Los colores de sus túnicas, que ondean siguiendo el viento, forman un arco iris a su alrededor. La media luna de la Gran Madre refulge en su frente y sus ojos brillan al verme arribar. Su propia sobrina, su discípula; quizás, su única sucesora. Puede percibir mi miedo, como puede predecir el futuro y calmar la naturaleza o controlar los elementos, pero en este momento, se limita a asentir con su cabeza cuando me acercó a la entrada; estaba claro, no toleraría dudas en mi proceder.
Los fuegos de Beltane arden en la lejanía; ya están encendidas las fogatas y los seguidores de la Antigua Religión comienzan a danzar en derredor. Antes de ingresar a la cueva, observó los retazos de cielo azul y sigo el movimiento de los árboles; arriba, sobre el acantilado, diferentes pares de ojos me observan con atención. Hay curiosidad en sus miradas, y también deseo. Para ellos yo soy el premio, la recompensa a su hombría. Están en silencio, con los rostros cubiertos, quietos como estatuas de piedra. Solo uno se mueve. Sin dejar de mirarme, se agarra a un árbol para acercarse al borde. No puedo distinguir el color de sus ojos, pero me abrasa el fuego de su mirada.
El cuerno resuena y la caza del Rey Ciervo se da por comenzada. Adentro, solo escucho el eco de la señal de inicio y el de mis propios temores. Lo desconocido nunca me ha asustado. Siempre le hice frente a la adversidad, tomando mi futuro como destino, incluso cuando eso significó la separación de Arturo. Dejar a mi pequeño hermano y tomar caminos separados ha sido una de las pruebas más duras que he tenido que superar. Pero ahora, parada frente al lecho sagrado, en la habitación circular solo iluminada por las velas, lo que se aproxima paraliza mi cuerpo y aflige mi corazón.
No sé cuánto tiempo transcurre desde que las doncellas me preparan para la ceremonia privada. Una vez bajo el cobertor, sola, semidesnuda, expectante, aterrada, observando el techo irregular de aquella caverna, el tiempo se hace eterno.
Regulo mi respiración y renuevo el aire, intentando calmar la ansiedad que me aborda. Grandes oleadas de terror golpean mi cuerpo, y debo recordarme el gran honor que mi papel significa durante esta celebración. Participo esta vez del ritual de Beltane, de la fiesta de la fertilidad, no solo como una iniciada más. Hoy soy la Gran Madre, la Virgen Guerrera, presta a ofrecer mi vientre para ser fecundado por un cazador, solo uno, el más fuerte, el más intrépido, aquel capaz de dar muerte al Rey Ciervo.
En las paredes de la cueva, dibujos alegóricos a las festividades, testimonios de culturas pasadas, de costumbres ancestrales, me conducen a un universo de reflexiones. Pienso en mi primo, Lancelot; en su devoción por la Diosa entremezclada siempre con el amor profundo que le inspira la guerra. Me pregunto si estará allá afuera, corriendo, escondido tras una máscara, como el guerrero que es, cumpliendo los deseos de su madre.
Pienso en Guinevere, en sus ojos celestes, percibiendo algo más allá de su mirada cristiana, distinguiendo algo a través de las nieblas que separan un mundo del otro, que separan una creencia ancestral de los ritos modernos que se predican fuera de la Isla. Recuerdo el pavor en su rostro al creernos apariciones, trucos del diablo. ‘Hada’, me llamó cuando posó la mirada sobre mí. Sentí la curiosidad y el descreimiento de lo que veían sus propios ojos. Antes de que Lancelot pudiera caer bajos sus encantos femeniles, cubrí de nieblas el límite invisible una vez más, y no la he vuelto a ver desde entonces. Su recuerdo aún me inquieta.
También pienso en Arturo, en sus ojos llenos de lágrimas al separarnos, y me duele saber que ya se ha convertido en un hombre en algún rincón de Britania. Y yo aquí; apenas mujer, casi madre, siempre niña.
Los tambores resuenan más fuerte. Es un repiqueteo violento, casi salvaje, e imagino los cuerpos bailando junto al fuego. Una danza ritual, liberadora. La magia brota de sus cuerpos, elevan sus energías a un único propósito y, de pronto, todo se detiene. Ya no hay música, no hay canto ni baile. El Rey Ciervo ha sido muerto y el Gran Rito está pronto a comenzar.
Mi cuerpo se paraliza cuando los tambores vuelven a sonar en busca del ritmo extraviado. Es mi corazón el único que se mueve al compás de aquel sonido. Mi respiración se acrecienta al percibir las sombras que se forman en la entrada. En pocos segundos, una figura hace su aparición. La larga sombra que se proyecta en la pared agranda su tamaño. Ya no escucho; retengo la respiración mientras avanza. Su cuerpo cubierto por completo por retazos de cuero y allí, en su cabeza, la máscara del lobo, aunque sus movimientos son casi felinos. Como un puma se acerca al lecho nupcial sin dejar de observarme.
Allí estoy yo sobre mi espalda, esperando su estocada, el golpe final. Lista para recibir su semilla consagrada. Sé que debo relajarme, pero resulta imposible acallar mi alma inquieta. A pocos pasos, en las sombras, veo a aquel guerrero vencedor en movimiento. Se deshace de su espada; luego cae su gruesa capa, pero la máscara permanece en su sitio.
Lo que sigue a continuación se sucede de forma lenta, de forma rápida, y se repite una y otra vez, se congela por momentos. Pocos segundos transcurren entre que se trepa a la cama, como un animal sigiloso, y queda sobre mí sin siquiera tocarme. En ese instante es cuando observo sus ojos por vez primera y, sorprendida, olvido el arte de respirar. Me petrifico bajo su mirada cristalina y observo su boca relajada, sus labios rosas, y huelo la muerte y el honor que se desprenden de su cuerpo que ahora comienza a rozarme. Sus rodillas entre mis piernas y el rostro tan cerca del mío.
No me puedo contener ante aquella imagen inesperada y acaricio su hombro, donde la pintura roja redondea círculos infinitos. La piel suave y blanca responde al contacto con mis dedos, y aquel primer gesto es interpretado como el inicio del ritual.
Su lengua pide permiso a mis labios para ingresar y me prendo de su boca. Todo es cuidado y respeto. Todo es pasión, y en el exterior los tambores se reavivan. Nuestros cuerpos se funden para luego separarse; nos despojamos de nuestras vestimentas, solo las máscaras persisten, pero una vez que los velos se separan, que las nieblas se extinguen, ya no hay nada que esconder. Nuestra piel, nuestras manos, los labios al unirse, eso es lo que dialoga con el Universo; nuestras bocas callan.
El placer que experimento se libera una y otra vez cumpliendo con la ceremonia ritual, el Gran Rito, la unión de la Diosa y el Guerrero que fecunda los campos fértiles con su semilla. Y antes de tensar nuestros cuerpos una vez más, vuelvo a perderme en sus ojos, aquellos ojos celestes en los que busco una explicación, una respuesta. Esos ojos femeninos que son lo último que veré antes de caer rendida.
Las velas se extinguieron al amanecer y al despertarme solo mi cuerpo yacía sobre aquella cama improvisada. Ella ya no está. Nuevamente las sacerdotisas me guían hacia la costa. Las humaredas en la lejanía son los únicos vestigios del Sabbat.
Mi cuerpo aún late como si la noche acabase de terminar, pero el sol ya se asoma detrás de las colinas. Cierro los ojos cuando los primeros rayos le dan la bienvenida al nuevo día, y los ojos celestes, inquietantes, escurridizos, vuelven a brillar en mi memoria.
Me pregunto si la Dama del Lago lo sabrá. Me pregunto si lo planificó, si fue una de sus visiones la que la llevó a convertirme en la Virgen Guerrera de esta celebración. ¿Puede saber quién fue el Guerrero que besó mi alma durante la Noche Sagrada?
Mientras vuelvo a disipar las nieblas que cubren la Isla de Ávalon, para ingresar a nuestro mundo, poso la mano sobre mi pecho. Yo lo sé, ¿ella lo sabrá? No hay nada nuevo creciendo en mi vientre, pero sé que algo se está gestando en mi corazón.
La espada aún luce restos de sangre que brillan bajo los primeros rayos de sol. Allí, en la costa, una enorme capa y una máscara de lobo descansan sobre una gran roca gris. A pocos pasos, una figura enjuaga su cuerpo en las aguas calmas del lago. Es refrescante lavar sus brazos, eliminar la pintura, purificar su alma.
No sabe por qué lo hizo, tampoco de qué manera lo logró. No hay pecados en su conciencia, no hay arrepentimiento. Aquella mañana, Guinevere se siente renovada; una nueva fuerza se posesiona de su cuerpo al salir del agua.
Sus formas femeninas se secan al sol, mientras observa la balsa deslizarse mágicamente sobre la superficie, dejando atrás las tierras de Camelot. Se aleja despacio, y ella queda de pie sobre la costa, preguntándose una vez más qué sigue a continuación, qué acontecimientos se arremolinan en su destino, en aquel destino en el que nunca creyó, porque fueron otras las cosas en las que le enseñaron a creer.
Cuando Morgana Le Fay, el hada, su hada, se puso de pie y disipó las nieblas con un movimiento lento de sus brazos, el corazón de Guinevere palpitó con vehemencia en su pecho, y retazos de la noche pasada, de la celebración pagana de la que había participado a escondidas, de cómo había arriesgado su vida, volvieron a su mente. Los cabellos ondulados y oscuros de aquella joven que profesaba la Antigua Religión, y que la habían hechizado desde la primera vez que la vio, danzaron con el viento mientras la embarcación avanzaba.
Guinevere, por unos pocos segundos, creyó observar las colinas de la Isla Sagrada, a la que había tenido el honor de contemplar solo una vez. Luego de un momento, y a la orden de Morgana, las nieblas volvieron a cubrir el límite y la balsa desapareció. Morgana también, pero el corazón de Guinevere continuó latiendo a prisa mientras se vestía.
Luego de persignarse y observar el cielo, con la respiración aún acelerada y su mente dispersa, la joven cristiana, heredera del trono de Cameliard, se perdió entre las frondosas arboledas de las tierras de Camelot, soñando con la posibilidad de alguna vez volver a cruzar las nieblas de Ávalon.
* basado en un extracto de Las Nieblas de Ávalon de Marion Zimmer Bradley
Posted by Nat |