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CARTA DE PARÍS
Qué lindo es saber de vos; aunque más lindo sería no saber nada, porque eso significaría que jamás te fuiste, y que no hay mucho que saber, ya que tu vida acontece y se enreda con la mía constantemente, y como dos hilos embrollados en un enjambre de color, se mezclan para nunca soltarse. ¿Con qué fin desenredar el lío de nuestros cabellos mezclados si podemos vivir atadas a tus trenzas cosidas?
¿Cómo marcha el clima por allá, en aquellas calles empedradas? ¿Me recordas bajo la lluvia? ¿Y por sobre tu paraguas? ¿La niebla envuelve tus pantuflas rosas mientras compras pan en la tienda de la esquina? Allá el pan no es tan rico, y aquí mis pantuflas no caminan. Desde que te fuiste no nieva y el verano se hace esperar. Tampoco sale la luna a velar mi sueño, y yo extraño los charcos junto a la rivera que solías saltar al compás del castañar de mis dientes.
Los tres rostros que nos guiñaban el ojo al pasar, reflejados en las oscuras aguas del canal, ya no aparecen; tristes, han decidido ahogarse en sus lágrimas, y la torre, iluminada por las noches, se mantiene recta, quietecita, imperturbable. No se deja afectar ni por los ahogados ni por tu partida.
En cambio, el arco ya no está triunfante, y extraña tu caminar pausado y tu mirada curiosa. El carrusel no gira, y el nuevo, que ahora es viejo, no quiere lucir moderno.
La pirámide se invierte sola cuando lamento tu ausencia, y las galerías me dan refugio ante la inminente lluvia que me hace sentirte un poco más cerca. El centro no me da consuelo, porque en los Campos Elíseos quedó grabada la impronta de tu presencia.
Me siento en un banco a observar estatuas que me devuelven la mirada, rígidas. La soledad me envuelve y busco la compañía de las palomas para que picoteen la nostalgia de mis manos. Lanzo recuerdos al aire y ellas se arremolinan a mi alrededor. Busco la blanca, la más blanca de todas, para que sobrevuele la distancia y te trasmita mis pensamientos, pero solo los positivos.
Un mimo de boina y remera rayada… ya sabes, un mimo, me ve triste y me regala una flor. Es violeta, como te gustan, así que te la guardo dentro de tu libro favorito, esperando tu regreso para que la huelas, la flor, y para que lo hojees, el libro. Y para que me abraces… pero esa soy yo, que ya olvide el largo de tus brazos y el color de tus uñas.
Bajo la tierra, la velocidad me inspira. Río porque aquel muchacho de piel azulada y anteojos gigantes se olvidó de sacarse el peine metálico del cabello rizado, y escucha música que todos podríamos bailar antes de volver a recorrer andenes, combinando nombres de estaciones lejanas, que nunca pronunciaremos como es debido.
¿Metro o subte? Pasaríamos horas discutiendo, vos y yo, pero te olvidarías del asunto al pisar la zona roja. Ya tu semblante no se ruboriza ante otras mujeres con poca ropa y mucha piel; ya no disimulas, como antes, tu intriga frente los artefactos de plástico de colores y las tiras de cuero que nos ofrecen con descuento.
Salgo a la superficie y el cielo diáfano me da la bienvenida, y el humo negro y espeso de los autos me envuelve mientras pateo entre transeúntes y ofertas, extranjeros y ofertas, vendedores y más ofertas. Como no hay nadie que me indique hacia donde debo mirar, por ósmosis dirijo mi vista a través de aquella calle, siguiendo tu brazo invisible que me señala, como siempre, la cúpula marfil sobre el Monte de los Mártires, y mi corazón recibe una descarga, un pellizco, y el cuerpo se entibia.
La salchicha chorrea queso Cheddar y la cubro de ketchup solo para recordar el sabor de tu boca al ascender por la calleja. El vigoroso sol me alienta a seguir subiendo los empinados caminitos de piedra.
A través de uno de los agujeros del pretzel, cubierto de semillas de sésamo, que mordisqueo sin ganas sentada junto al mirador, imagino tu rostro frente a la basílica. Tu cabello me tapa el domo y las cúpulas menores, y tus ojos del color del cielo me magnetizan. Podríamos visitar las catacumbas, como siempre lo deseamos, y terminaríamos, una vez más, agotadas, intentado subir por la angosta escalera hasta la torre.
Antes del mocachino obligado en el Barrio Latino, me detengo a admirar las obras callejeras; y aún respiro el arte de antaño, el aire bohemio, y extraño a mi musa. ¿Me vas a volver a discutir sobre el nombre de aquel artista surrealista? ¿O preferís admirar en silencio aquellos tejados color pastel que se apiñan sobre el blanco papel?
No importa dónde esté, si patino sola en Chatêlet, y mojo mis pantalones al rebotar contra el hielo, porque no estás para sostenerme, o si tomo sol tirada sobre el verdor del Campo de Marte, con mis anteojos plateados. París te extraña, ¡entendelo! Escucha su llanto, abrí los ojos para descubrir sus lágrimas.
Camino por sus calles arrastrándote de la mano como si estuvieses a mi lado y te detuvieras ante las vidrieras de Nina Ricci, o planearas, con la misma emoción, una visita al dentista, al Lido o al Museo de Orsay.
Te llevo conmigo en cada paso, te devoro en cada mordisco, te añoro en cada uno de mis sueños, y sé que ella también. Paris quiere volver a albergarte, y no es la única.
Besos voladores, besos acrobáticos. Besos que vuelan libres, planean y se posan sobre esta carta que está a punto de abandonarme para perseguir tu veloz mente, para calentar tus manos frías y para dibujarme a tu lado, añorando la “ciudad luz” que pronto, juntas, querremos volver a recorrer.
Nat
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