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Llega la primera ficción
no escrita por nosotras. Es decir, la primera Amazona que se la
jugó y escribió un cuento para compartirlo en esta sección. Espero que
sea la primera de unas cuantas... qué pasa? cuánta timidez! Bueno, les
presento el cuento llamado Más Marías que vírgenes, de Minijunior.
Más Marías que
Vírgenes
- No nos dejes caer en la
tentación y líbranos del mal, amén. Amén? Debería ser AMEN de amar! Como
orden, como imposición. ¿Quién sabe a cuántas Marías Patricias de
Señores Patricios habría amado aquel cura que ahora decía “amén” tan
vacío de contenido? Me sonreí de pensar eso; ¿qué otra cosa podía hacer
los domingos cuando me veía obligada a ir a misa? Y después lo de
siempre, vendrían los amigos de la familia, los socios de papa y los
prometidos de mi hermana a almorzar para luego juntarse a discutir sobre
las barbaridades del gobierno peronista. Inevitabilidades
de haber nacido en una familia de la aristocracia porteña.
- Male, Male…¿viste como me miraba Julio? ¿ lo viste vos? – me susurraba
mi hermana, mientras
el cura iba haciendo su ceremonia sacristal.
- Si, lo vi. Lo vi.- Conteste sin ganas.
Me enfilaba para recibir la hostia santa (Yo digo, ¿por qué no la harán
de pan de salvado que es mas rico?); recorriendo con la vista la cúpula
de la Iglesia hecha en justa medida y perfecto vitreux para que la gente
“bien” se sienta a gusto (No por nada burguesía e hipocresía pueden
rimar en cualquier verso). En un rincón una figura de bronce sin gracia
reflejaba los pechos de la dama de la primera fila. Contemplé la piel
tiesa y armoniosa que dibujaba sus pechos, que los contenía. Le quedaban
grandes esos pechos; sentí cómo se quejaban presos de ese corpiño,
desesperados por liberarse… y yo tan dispuesta a ser su heroína.
En la mesa de los domingos el tema de conversación mas recurrente
después de haber cumplido con la obligación moral temporaria y pasajera
de ir a misa, era la cantidad de gente carenciada (mamá nunca diría
“pobres”) que concurría a la Iglesia en tiempos de Perón; a pesar de lo
bien distribuida que estaba la fe en templos cuya osamenta correspondía
al nivel económico del barrio al que pertenecía. Y yo hoy estaba muy
agradecida de la presencia de la familia carenciada de la primera fila.
Me fui acercando, despacio, escabulléndome entre los que pasan con la
boca cerrada con cara de estar degustando la hostia y los que estiran el
cuello esperando su turno para recibirla. Encontrándola y perdiéndola
entre la multitud; di vueltas con mi vista; recorrí todo el lugar
buscándola… hasta que la divisé en un rincón, sola; probablemente
esperando a alguien. La masa se dirigía bulliciosa cantando una canción
monótona acompañada por un piano que necesitaba una urgente renovación;
y yo iba apartándome poco a poco de entre la gente. Hasta que por fin la
ví completa; desde mi ángulo pude verla sin que me mirara; entonces
aproveche ese instante como un regalo divino y la observe… No eran solo
sus pechos, también era la forma en la que su pelo caía sobre ellos; no
eran sus ojos negros color profundo, también era la forma en que
se acomodaban al lado de su graciosa nariz; no eran sus brazos gordos,
también era la forma en que la piel la cubría hasta llegar a sus manos y
no eran sus manos, ni tampoco los huequitos que se le formaban antes de
llegar a transformarse en finos dedos. Era ella toda, toda tan mujer,
tan dispuesta, tan justa, tan medida, tan precisamente en el lugar mas
incorrecto.
No sabía como acercarme a ella, de pronto mis encantos y dotes de
princesa lesbiana se habían esfumado
y en una situación tan social y tan correcta como la que acontecía; una
debía ser prudente.
Así que me acerque buscando una excusa, pero un hombre fue mas rápido y
comenzó a hablarle. Al verlo me sorprendí. Era Julio, uno de los
prometidos de mi hermana. Me alegre; ahora tendría pretexto para
hablarle a mi elegida.
Esperé a que Julio se fuera y me acerqué despacio, intentando fingir
despreocupación y espontaneidad.
- Disculpe, señorita. ¿Usted conoce a Julio? – Creo que mi voz tembló,
pero me mantuve
erguida.
- Es mi hermano mayor.
Excusé que mi hermana estaba buscándolo; ya que habían sido amigos de la
infancia y que me encantaría que siguieran en contacto por teléfono.
Fue entonces cuando mi sangre aristocrática hirvió al escuchar que no
tenían teléfono; que era –perdón, mamá-: Pobre. La deseé mas todavía;
mas prohibida mas la quería para mi.
Le pedí disculpas cortésmente y ella se excusó diciendo que iba al patio
de la parroquia. Entonces me di cuenta de mi brutalidad: la había
ofendido. Sentí la voz de mi madre conversando con sus amigas y me aleje
sabiendo que si me quedaba allí lo único que conseguirían era integrarme
al grupo. Y yo estaba hambrienta de ella.
Me escondí detrás de una estatua que supuse la virgen María gracias a su
capelina blanca- por no decir sabana- .Mi familia no me encontró y
aproveche para dar una vuelta por el patio parroquial…Y allí la
encontré. Frágil, llorando frente a una fuente que tiraba mas moho que
agua. Me acerque a ella despacio, sigilosa para que no me escuchara. Una
mirada de lince me permitió saber que estábamos solas en aquel lugar. Y
puse todas mis fichas en juego.
Coloqué despacio una mano en su hombro y se sobresalto mirándome con sus
ojos hechos cristales de agua.
- Me gustaría poder ayudarte –dije.
- Nadie puede ayudarme.
- Al menos déjame intentarlo…
Y la abrace. Perfectamente desconocidas encontradas por el azar en la
Casa de Díos y sintiendo su piel tan cerca, sus pechos intercalados con
los míos, mezclándose unos con otros. Sentí apoyar su cabeza en mi
hombro y sus manos recorrer mi espalda y sollozar, sollozar. La abrace
mas fuerte, la quise llenar de valor.
Descubrí su cara y aprovechando la sutil distancia entre nuestros ojos,
la bese en la mejilla. Pero fue más que un beso, apoye los labios
despacio semi abiertos, y los mantuve un instante para que realmente
sintiera mi cercanía, mi protección.
Me sonrió. Sonaron las campanas. Se asusto y miró por el pasillo; - Ya
debe haberse ido mi familia, - Tengo que irme yo también. Muchas gracias
por todo. Bajo la cabeza, se volvió tímida. Dio media vuelta y empezó a
caminar.
Era medianoche en Buenos Aires y el calor no me dejaba dormir. Así que
decidí mudar mi almohada y unas sábanas al balcón de mi habitación y
contemplar la plaza San Martín. En esta época del año hasta la mismísima
Santa María del Buen Ayre se había ido de vacaciones y el barrio estaba
desértico. Intente distraerme con los farolitos que iban dibujando su
sombra en la calle, pensando en la aventura de los perros callejeros que
a esas horas recorrían la ciudad. Pero el insomnio ataca peor los días
de calor, y los días en que las hormonas burbujearon para nada… para
calmarse irremediablemente, en una misa cuyo único provecho había sido
el vino tinto que robé del altar para tomarme cuando el recinto se
hallaba vacío. Salud!. Hubiera deseado que ella bebiera de mi boca la
sangre de Díos, pero hasta la suerte se
había tomado vacaciones.
De pronto, una silueta se
movía despacio por Santa Fe, la reconocí. Podía reconocerla a 10 barrios
de distancia. Eran sus pechos, si. Tenían que ser. ¿Habría averiguado mi
dirección? ¿Venía a buscarme? ¿Qué otro motivo sino el de mi persona la
traería por nuestro barrio? ¿Tocará timbre? No, yo creo que debería
bajar... o no, mejor chistarle si, chistarle ¿y si no? ¿Si solo pasaba
por acá? Pero no! Tengo que aprovechar esta oportunidad y hablarle,
entonces si voy a gritarle, eso voy a hacer pero si… basta de peros!
Ahora o nunca.
- Chit! Chit!
No era ella. Era una hombre de mediana edad que revolvía la basura. ¡No!
¿Por qué no podía dejar de pensar en ella? ¿ Por qué estaba en todas
partes? ¡No!.
Me calmé. Me senté. Y cuando me senté note como mis labios se habían
humedecido con la sola ilusión de su presencia. Me reí en mi desgracia…
Y esa noche la busqué entre mis sabanas, la abracé en mi almohada, la
recorrí con mis manos y la hice tocarme; la hice sentir tan cerca que
podía escucharla gemir. Me hizo el amor sin saberlo; sus manos se
volvieron mis manos; y su respiración mi respiración. Estábamos solas en
mi habitación, degustándonos, oliéndonos, probándonos, descubriéndonos.
Mi cuerpo se cegó de hambre, y me fue desnudando con sus falsas manos.
Quitándome la ropa, acariciándome despacio, cerrando los ojos para no
ver otra cosa que su cuerpo desnudo sobre el mío, tocándome, azotándome,
rasguñándome.
Me abracé a mi almohada como si fuera ella, como si toda ella con sus
pechos y sus brazos y sus codos y sus hombros estuvieran conmigo esa
noche. Di muchas vueltas con mi almohada-mujer, la toqué en todas sus
partes; no dejé ni un solo centímetro de su cuerpo sin imaginar. Recorrí
la curva de su espalda con mis besos y perdí mi cabeza entre sus pechos,
besándolos sin parar.
Mis piernas abiertas en un perfecto ángulo de casi 180 grados, primero
mi mano derecha y después mi izquierda y después las dos. Mis dedos me
recorrían como me hubiesen recorrido los suyos y me penetraban como si
fueran su lengua. Mi respiración se iba acelerando, y mi cuerpo
cubriéndose de una espesa humedad transformada en gotitas de sudor que
se pegaban a mis sábanas. Mis piernas temblaron, mi cuerpo se entrego al
placer de mis manos que mojadas terminaron de sacarme una sonrisa esa
noche de tanto calor en Buenos Aires.
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