PRINCESA CABALLERO

 

“PARA VOS… UN CUENTO DE HADAS BASADO EN OTRO CUENTO DE HADAS…”

Lo último que vio, luego de caer, fueron sus ojos color esmeralda; ella lo miraba a una distancia prudente, blandiendo con cautela la espada teñida de rojo. La oscuridad lo invadió.
A Leah le temblaban las piernas, y su respiración entrecortada era resultado de la batalla que consideraba final. Recargadas nubes plomizas se amontonaban en el cielo y cubrían todo atisbo de sol. Algunos truenos, preludio del aguacero que se acercaba, se mezclaban con los gritos de su compañero, que intentaba reiteradamente ponerse de pie. Ella no entendía lo que decía, tampoco le interesaba; no lo podía considerar un aliado, el hombre no era más que un rival, un competidor al que había vencido en un silencioso triunfo.
El enorme monstruo yacía a pocos metros de sus botas; de color marrón, sus escamas octogonales se cubrían de un tono violáceo debido a la luz natural. Una de sus alas estaba quebrada. Leah sintió lástima, pero no distinguió el sentimiento, porque era otra la razón por la que tenía su estómago comprimido. Sintió la necesidad de tocarlo, de comprobar que realmente la vida se le había escapado por esos dos pequeños orificios que le servían de nariz; tratar de verificar su existencia, como si aquellos colmillos que habían rozado sus extremidades no fueran ya prueba suficiente.
Ahora, viéndolo tirado entre los matorrales, podía creer en aquellas historias que su nodriza le narraba cuando su naricita apenas sobresalía por encima de la mesa de madera de la cocina. Leyendas que pasaban de boca en boca entre los campesinos; que espantaban a los niños; que cubrían de misterio ciertas partes del bosque, que hacían temblar a todos los que se aventuraban a acercarse a las laderas. Cuentos que a ella no le quitaban el sueño, porque, incluso a esa edad, eran otras las cosas que la atemorizaban.
Dragones los llamaban y aunque jamás los había visto, siempre habían estado ahí, en alguna parte, así como el molino, la cascada o los árboles cuyas ramas acariciaban el espejo de agua en el que solía bañarse cuando lograba escapar de la Vigilancia Real. Lo estaba mirando, muerto por su arma, y aún así le parecía de fantasía. Pero la leyenda no moriría con aquel gigantesco monstruo; no, probablemente crecería hasta convertirse en un cuento épico, donde una diminuta mujer había surcado montañas y glaciares para terminar con la bestia. Más adelante, luego de siglos de transmisión oral, aquella mujer que había derrotado al fascinante monstruo se convertiría en un hombre, en un asombroso caballero de armadura plateada, que volvería al castillo a reclamar la mano de la princesa, luego de una salvaje aventura. A Leah no le interesaba como culminaba ese cuento, porque sabía muy bien que la historia real sería diferente.
La cercanía del Caballero la sacó del ensimismamiento. Un relámpago iluminó el campo abierto y la joven vio que el hombre se tomaba la pierna al sentarse sobre una roca; se quitó el casco, el lacio cabello negro cayó sobre su rostro. Leah, aún sin verlo, percibió una mueca de dolor. Pasó a su lado, ignorándolo. El Caballero la observó; un nuevo resplandor se destacó en el oscuro cielo.
“Te llevo”, gritó el Caballero cuando notó que no tendría más oportunidad de hablar con ella si dejaba que se alejara, pero Leah estaba a pasos de su caballo y no se detuvo a esperar.
¿Realmente este hombre no entendía quién era ella? ¿No había visto su interminable batalla con la bestia que en pocos segundos había arrancado un árbol de raíz y, sin detenerse, había levantado por los aires al valiente caballero? Era ella la que seguía luchando, ella la que no había vacilado cuando aquel fuego que expulsaba por su boca había estado tan cerca de su cuerpo.
Leah pisó un tronco y montó a Varón, y aunque calzaba pantalones, lo hizo de costado, como siempre había cabalgado, como una dama. Su fiel compañero estaba preparado, no hizo falta una orden, solo una suave y firme caricia sobre su pelaje negro, para que emprendiera la marcha. No importaba que se encontraran a millas de su hogar, Varón sabía adonde se dirigían.
A corta distancia, el Caballero la seguía sobre su corcel bayo; hacía un enorme esfuerzo para mantenerse erguido. Por momentos la alcanzaba, pero Leah no distinguía sus palabras con el rugir del viento y el tronar del cielo que parecía a punto de venirse abajo. La joven ni siquiera lo miraba, y como si el caballo percibiera sus deseos, aumentaba la velocidad. Leah le agradecía con una nueva caricia. La herida del hombro ardía, y ella mordía un mechón de su cabello para apaciguar el dolor.
El Caballero no se detenía, descendiente de una estirpe de conquistadores, la pasión por el descubrimiento y la codicia corrían por sus venas. Hombre capaz de perder un brazo con tal de conseguir su propósito, no podía darse por vencido ni aún con su orgullo herido. Si su familia deseaba aquellas tierras, él era el indicado para satisfacer al Duque y legalmente beneficiarse con su apoyo. Pero no era el único que secretamente anhelaba el poder sobre aquel ducado; decenas de hombres, de sangre y origen incierto, habían seguido las órdenes del Duque y competido por un castillo y por la mano de su bella hija. Títulos, monedas de plata y riquezas naturales eran solo uno de los pocos beneficios de perder la libertad en un matrimonio arreglado.
El Duque era un hombre duro y cruel, que no vacilaba en ordenar las más pavorosas pruebas para comprobar la fuerza de aquellos que soñaban con ser sus sucesores. A Leah no le daba miedo, ella ya conocía a su propio padre, y no le temía tampoco. Pero aunque nadie lo entendiera, sus razones eran diferentes a las de los codiciosos caballeros a los que ya había derrotado una y otra vez en todos los obstáculos que le habían sido impuestos, dejando estupefacto a aquel hombre macabro que no podía comprender qué era lo que esta jovencita adinerada y sucesora de la corona podía pretender.
Leah, la primogénita. La princesa criada entre rocas y helechos, amamantada por arroyos, custodiada por el Sol y la Luna, que la observaron crecer. Astros supremos destinados a guiar el camino de la que sabían grande.
Con la magnificencia de aquellos que miran a los ojos de igual a igual, caminaba por los parajes de los que simbólicamente había sido desterrada antes de nacer. Brujas y hechiceros lo habían predicho, y aún antes de su alumbramiento, el Rey sabía que no podría descansar en paz hasta la concepción de un hijo varón que los planetas aún no tenían en planes.
Su llanto enérgico brotaba ante la suntuosidad que la rodeaba, y forjaba esperanzas en su nodriza, cuyo eco alcanzaba a todos aquellos que vivían oprimidos deseando un brusco viraje en su futuro. La niña gritaba y corría cuando sus pies entraban en contacto con la tierra. Su sonrisa evidenciaba un carácter indómito que el paso de los años, los retos de su madre y el desdén de su padre, no pudieron aplacar.
Sí, ella misma, ante la mirada atónita de los hombres más valientes de la región, había evadido los más peligrosos obstáculos, y allí estaba, triunfante y a punto de tener que superar la más difícil de las pruebas.
El caballero frenó a pocos pasos; por primera vez en ese día, ella no huyó de su lado, estaba muy cerca de su meta y una renovada fuerza la invadía. Desde la cima de la ladera el ducado se apreciaba en todo su esplendor. Las verdes praderas culminaban donde el bosque se volvía tupido. Pocas construcciones se levantaban allí, pero sólo una dominaba sobre aquellas fértiles tierras. A Leah le parecía pequeña desde esa altura, aunque sabía que era tan imponente como el gran castillo de su padre.
Casi colgado del cuello de su animal, el Caballero entornó sus ojos y la observó por un momento. Frágil y suave era su aspecto, incluso cubierta por prendas masculinas, pero él conocía la fuerza, la destreza, el ímpetu que se escondían bajo su diminuta figura.
El flequillo negro y grasoso cayó sobre el rostro del hombre al intentar una reverencia de despedida. La joven sabía  que  él no la detendría, no podía luchar contra ella, pero también sabía que no se daría por vencido. Mientras lo veía alejarse hacia sus tierras, cansado, aturdido, ensangrentadas sus vestimentas, Leah supo que volverían a enfrentarse.
Las finas gotas de lluvia parecían atravesar la figura que, recortada en la incipiente noche, avanzaba al galope a toda velocidad. Varón frenó junto al puente levadizo; Leah ya no tenía fuerzas y apenas se mantenía sobre su corcel.
Pasó un largo rato hasta que la joven logró ingresar al castillo; su energía fluctuante no la ayudó a entrar de la manera que siempre lo hacía. La vía larga era más peligrosa y varias veces estuvo a punto de ser descubierta.
No se acordaba cuándo se había separado de Varón ni cómo había logrado burlar a la guardia, pero cuando disminuyó el paso y se detuvo junto a una pared para recuperar fuerzas, se dio cuenta de que se encontraba en uno de los pisos superiores; si lograba reconocer los grandes tapices que decoraban la suntuosa morada del Duque, podría identificar el camino hacia el lugar al que deseaba llegar.
El tiempo corría, y su estado empeoraba. Cuando vio aquella imponente puerta de madera maciza, el corazón volvió a despertarse; latía intermitentemente al compás de sus recuerdos, y llegar hasta el picaporte le parecía una hazaña más complicada que sortear los peligros del bosque, más azarosa que encontrar el diamante perdido de la difunta esposa del Duque, e, incluso, más difícil que volver a enfrentarse al Dragón y salir con vida de la batalla.
Sus piernas apenas respondían, la respiración estaba descontrolada, y cuando sus fuerzas comenzaron a claudicar, la puerta doble se abrió y una figura surgió de las sombras. Leah se desfalleció en sus brazos, y los minutos que siguieron se asemejaron a uno de esos sueños que todas las noches deseaba tener.
Cuando el agua fresca descendió por su garganta, fue capaz de abrir los ojos; aquellas manos, que a gran velocidad limpiaban su hombro e intentaban cubrir la herida, parecían reales. Extendió sus dedos para tocarlas, debía comprobar su existencia. Morgana levantó los ojos y su mirada le resultó tan dulce como el hidromiel que en épocas estivales saciaba su sed. Definitivamente tenía que ser un sueño, se dijo la Princesa, intentado erguirse sobre el sillón donde su débil humanidad reposaba. Morgana amagó a detenerla, pero fue el propio cansancio de la joven lo que la volvió a desmoronar. A su alrededor había un charco de agua, producto de la lluvia que había empapado su cuerpo. Leah cerró los ojos y la dejó hacer. Nada le importaba, no tenía la necesidad de aparentar fortaleza; allí en los aposentos de la Duquesa, Leah se podía sentir débil, podía dejarse cuidar y atender, ya no necesitaba demostrar nada. Por más batallas que haya tenido que luchar, para ella la guerra estaba ganada desde el comienzo, y los cuidados de Morgana así lo confirmaban.
Luego de preparar todo, Leah se dejó conducir hasta la tina, donde la Duquesa la despojó de sus vestimentas húmedas. Observaba la ternura con la que la joven movía su cuerpo, pero tampoco podía desentenderse de la preocupación que transparentaba su rostro.
El agua tibia le devolvió el alma al cuerpo y las esencias aromáticas la envolvieron, relajándola. Morgana iba y venía por el amplio cuarto. Leah recordó la primera vez que había ingresado a esa habitación, cuando aún era bienvenida en el hogar del Duque. En esa misma tina se encontraba la joven, rodeada de sus doncellas, que le proveían el mayor de los cuidados. La Princesa había apartado la vista ante la imagen que comenzaba a ruborizarla. Mucho tiempo había transcurrido desde ese momento. La vergüenza ya no era parte de sus vidas.
En un momento de ensoñación su cuerpo se relajó; cerró los ojos perdiéndose en la nada misma. Su alma flotaba entre la niebla; ni el calor ni el frío la afectaban y el sonido que la envolvía era tan delicado y prepotente a la vez como el del silencio mismo.
Al abrir los ojos se encontró con la figura de la mujer que había invertido su mundo; acariciarla con su mirada fue como observarla por primera vez. Un vestido lavanda rozándole los pies descalzos; una manta bordada cubriendo las formas que las manos de la Princesa podían recorrer de memoria. El pelo azabache y ondulado, recogido en una firme trenza. El rostro despejado, las facciones serenas, los rasgos delicados, aquella naricita que Leah no dejaba de admirar. En su sien derecha, la cicatriz inconfundible del pasado que se aferra al presente. Esa marca distintiva que le permitió identificarla entre los asistentes al gran Baile Real, evento anual del que la Princesa siempre intentaba escapar. La formalidad y el protocolo fastidiaban a la hija del Rey, que asistía obligada por sus progenitores, enfundada en un enorme vestido que entorpecía sus movimientos y coartaba su libertad.
Cuando se observó en el espejo oval, la mitad del rostro cubierta por una máscara azul, y el pesar que la invadía y se trasparentaba en su mirada, su nodriza, que alistaba los últimos detalles con emoción, le auguró un encuentro determinante que el destino le tenía preparado. Y como siempre decía la mujer, el Destino nunca se equivoca.
Ver aquellos ojos negros escondidos tras una máscara violeta con forma de estrellas, le hizo saber que su nodriza estaba en lo cierto, y no había nada que la pudiera apartar de su camino.
El juego de miradas se extendió durante la velada, entre la suntuosidad del castillo, las danzas de pareja y los caballeros de nobles familias en edad de desposar a bellas jovencitas listas para cumplir con los deseos de sus padres. Pero luego del primer roce de manos poco casual, Leah utilizó todo el coraje que había guardado  en sus cortos 16 años, y con un galanteo digno de las buenas costumbres con las que había sido educada, se encontró a solas con la belleza que había encandilado su alma. Esa desconocida muchacha, cuyo cabello enrulado caía con descaro sobre su espalda descubierta, había sellado un pacto tácito con un beso robado y dejado a Leah con los labios tibios y una sensación de infinito vacío.
Ahora la tenía frente a ella, con su magistral presencia y mirada firme. Secó su magullado cuerpo con dedicación, como solo el amor que corre por las venas y contamina todo el sistema, puede provocar.
Un vestido blanco cubrió su cuerpo, y Morgana cepilló el cabello castaño 100 veces. El tiempo parecía haberse detenido en esa alcoba, donde el lecho anhelante de calor permanecía prolijamente a la expectativa. Pero ninguna de las dos jóvenes se imaginaba que el Duque había descubierto la intrusión en su morada y con la guardia estaba a pocos pasos de la perfecta burbuja donde su hija permanecía.
Gritos, llantos y forcejeos se sucedieron en aquel cuarto. Las imágenes volvían intermitentes a la mente de Leah mientras intentaba ponerse de pie. No necesitaba abrir los ojos para saber dónde se encontraba, lo podía adivinar por el hedor. Los calabozos del castillo de su padre olían exactamente igual.
La joven no podía precisar cuanto tiempo había transcurrido. El dolor había comenzado a extenderse por todo su cuerpo; levantarse produjo un grito agudo imposible de reprimir. Sus heridas no importaban, el llanto de la Duquesa había penetrado en su cerebro y el eco de los gritos seguía resonando en sus oídos. El rostro de su amada ocupaba su mente mientras observaba alrededor aquel espacio oscuro y húmedo en los infiernos del castillo.
La desesperación cubría su semblante con el correr del tiempo. No tenía vía de escape, el futuro se volvía negro; el pasado, absurdo. Pero una pequeña luz titilaba en su interior; un fuerte presentimiento, como aquellos que la abordaban de improvisto y jamás fallaban, le aseguraba que no todo acabaría en aquel hueco apestoso y mugriento.
Cuando un haz de luz lastimó sus ojos, el pánico retornó. Ni siquiera el Dragón había acelerado su corazón de esa manera. De cualquier persona que podría haberse imaginado ver parada en la puerta, la última que se le ocurriría era ella. Morgana la envolvió en un abrazo que pareció interminable. Pero no había tiempo que perder. Recorrieron los oscuros pasillos, luego de dejar atrás a una desarmada guardia, reducida por un grupo de hombres que cargaban palos de madera y gritaban, mientras las jóvenes se alejaban. La Princesa había reconocido sus caras. Rostros amables que, varias veces, la habían ayudado a ingresar a hurtadillas al castillo. Manos tendidas hacía la heredera del trono, que los trataba como iguales.
“No te preocupes por ellos, van a estar bien”, susurró en su oído Morgana, una vez más leyendo sus pensamientos. La conducía con cautela, pero a gran velocidad, por pasadizos que le resultaban desconocidos. Al dejarla apoyada contra una pared, Leah notó que aquel túnel desembocaba en las caballerizas. Morgana se alejó un momento de ella para comprobar los alrededores. Cuando regresó, Leah se sorprendió de verla cargando una espada, que en su mano parecía demasiado grande. Pero la joven desconocía el entrenamiento al que la Duquesa había sido sometida desde pequeña.
Morgana se acercó, acarició su rostro con el dorso de la mano. Los ojos pardos se cruzaron con los verdes y sus labios colisionaron con desesperación. Se olvidó el dolor, el peligro, el mundo.
A pocos metros, Paloma, junto a Varón, sacudía su larga cola, lista para ser montada. No era la primera vez que cabalgaban juntas. Los brazos de Morgana la envolvían mientras, bajo una llovizna persistente, avanzaban sobre su alazán. Leah recordó aquella mañana en que era ella la que llevaba las riendas, y Varón las había conducido, sin esperar directivas, a su lugar en el mundo. Ya era tiempo de compartir su secreto.
Con las primeras luces del alba, la laguna se presentaba majestuosa bajo la cascada que la alimentaba. Morgana no pudo reprimir la sonrisa que invadió su boca al bajar del caballo y encontrarse con aquella maravilla natural. Los sauces se refrescaban en las aguas violáceas en las que la Princesa sumergía sus penas desde chica. Pero esta vez era diferente, y una felicidad inexplicable la invadía al despojarse de sus ropas para explorar aquel cuerpo al que deseaba con intensidad.
El atardecer las sorprendió al colarse por las diminutas ventanas del molino azul, lugar místico del que muchos habían escuchado hablar, pero que pocos tenían la suerte de conocer.
Tiempo de primeras veces, las jóvenes se lanzaron a un juego de descubrimiento que parecía no tener fin. Leah besó cada centímetro de su cuerpo, mordiéndolo, marcándolo, haciéndolo suyo. Subía por sus muslos con insistencia, esperando, escuchando. Los corazones sincronizados estaban aprendiendo a bailar al mismo ritmo.
Morgana besó dedo por dedo, sin apartar la mirada de esos ojos que no perdían detalle de su cuerpo. Recorría la suave piel de forma lenta, y luego, sin aviso, clavaba las filosas uñas en el tramo de la espalda que sabía causaría una explosión de placer en el cuerpo de su amante.
Los roles cambiaron; desde arriba la Duquesa la observó, mordiéndose levemente el labio. Leah estaba magnetizada viendo como las largas ondas de cabello caían hacia un lado de su rostro y rozaban su piel produciendo chispas en su interior. Morgana la devoraba con la mirada, desafiante, y ella solo deseaba jamás olvidar esa imagen que aceleraba su respiración. Como si fuera algo que había hecho toda su vida, la Princesa trazó una línea imaginaria con el dedo, recorriendo verticalmente su pecho. Lo hizo lento, retrasando el momento, culminado allí, en el centro mismo del placer. Cuando la satisfacción las bañó, el abrazo se hizo eterno.
Ahora cabalgaba, apoyada contra Morgana, sabiendo que esos momentos constituían la prueba mayor. Ni el Duque ni el Caballero podrían aguantar la humillación de lo sucedido; ambas sabían que el enfrentamiento no tardaría en llegar, pero para ese momento debían estar preparadas.
Leah observó la determinación en los ojos de Morgana, mientras se acercaban a su lugar secreto. Algún día escaparían de los mandatos impuestos desde la cuna. Algún día bailarían en libertad, sin mascaras, siendo ellas mismas. Tal vez, algún día, volverían a tomar sus puestos y serían grandes, haciendo solo lo que el pueblo esperaba de ellas. Por ahora la lluvia cesaría y el arco iris brillaría para ambas, y en esa laguna de ensueño, solo se dedicarían a amarse.




Posted by Debora Dora