PRINCESA CABALLERO 2: EL BAILE REAL

 

 

En el balcón desde donde se observaban las caballerizas, Leah alzó los ojos una vez más en busca del detalle que consideraba que se le estaba escapando. Repasaba una y otra vez los espacios delimitados por su propia imaginación, buscando nuevas figuras. Algunos astros brillaban con más intensidad que otros, y había tres, que formaban la punta de una espada, que ni siquiera titilaban. Si pudiese contar cada una de las estrellas que resplandecían en aquel oscuro e infinito cielo, se sentiría completa. Lo había contemplado desde que tenía memoria, pero para ella todas las noches despejadas significaban nuevas sorpresas. Sabía, porque era aún temprano, que faltaban estrellas, pero cuando la novena campanada sonó y su nombre se escuchó repetidas veces, supo que hoy no las vería aparecer.
Era su nodriza que, como en tantas otras oportunidades, la buscaba a los gritos recorriendo todo el castillo. Una especie de juego instituido por la costumbre: Amelia la llamaba mientras transitaba por pasillos y habitaciones, aunque ya bien sabía donde se encontraba la joven; y Leah pretendía no oírla. Pero esta noche, realmente no deseaba oírla.
Observó por última vez la cúpula resplandeciente que cubría la tierra y antes de que su nodriza pudiera alcanzar el picaporte, ella ya había abierto la puerta y comenzado a caminar con rapidez hacia su alcoba. La mujer le seguía los pasos muy de cerca, vociferando comentarios halagüeños hacia la suntuosa decoración del salón principal de la morada del Rey, que lucía esplendida para la velada que estaba a punto de comenzar, pero cómo podía ser que la niña aún no estuviese lista para el gran acontecimiento.
Amelia conocía de sobra las tretas y escondites de la Princesa; la había visto nacer, la había amamantado bajo el cielo estrellado que tanto adoraba y le había ensañado las verdades del bosque del que Leah se sentía parte, pero esta vez no podía dejar que se escapase, tenía expresas ordenes de sus progenitores y estaba determinada a cumplirlas.
Al descender al segundo piso aún no se escuchaba ningún sonido proveniente de la planta baja, pero Leah estaba segura que con veloces movimientos, los criados de su padre estarían ultimando detalles. Cuando ingresó a su alcoba, una persistente fragancia a lavanda la envolvió. Cerró los ojos dejando libre su imaginación mientras sus pies pisaban un verde colchón húmedo, y los dedos de su mano acariciaban al pasar las flores que brotaban a su lado. El sol tostaba sus sueños y ella corría y corría hasta caer agotada sobre la hierba, para seguir atenta el movimiento de las nubes. <<Que potente es el sentido del olfato y cuantas alegrías produce en mí>>, pensó la Princesa al volver a abrir los ojos y contemplar su amplio cuarto iluminado por la luz de las velas.
Caminó hacia su cama con dosel, desde donde una seda celeste caía formando una cortina, pero su paso fue interceptado por un enorme vestido azul. Su nodriza apresurada apoyó la prenda sobre la cama y se abalanzó sobre la chica para desvestirla; Leah la dejó hacer, no tenía chance, reconocía la decisión en los ojos de la mujer que había curado sus heridas con dulzura cada vez que se lastimaba en alguna de sus excursiones clandestinas por los alrededores.
Introducirse en ese incomodo vestido acampanado, elegido especialmente por su madre para la fiesta, había sido un padecimiento tan grande como el que le esperaba en la reunión. Mientras arreglaba prolijamente las cintas y moños que decoraban el imponente traje, Amelia la miró a los ojos percatándose de la resignación que bañaba el moreno rostro de su niña. Las puertas se abrieron antes de poder emitir palabra, y tres risueñas doncellas ingresaron como una tromba y rodearon a la Princesa. Leah detestaba tanto que cepillaran su cabello como los adornos, hebillas y otras pomposidades que debía lucir para estas ocasiones en que, según las enseñanzas de su madre, la hija del Rey debía hacer gala de su educación y clase.
Marlene, la de menor edad, contemplaba con admiración el broche de plata que le sujetaría el cabello. Leah la observaba a través del espejo oval, donde podía admirarse de cuerpo entero, y sabía que aquella niña, de ojos tan celestes como el cielo de media tarde, entregaría sus pocas posesiones por estar en su lugar y tener la posibilidad, aunque sea por una noche, de asistir al Baile Real.
Su corazón será robado por unos ojos oscuros que se cruzarán en su camino y torcerán la historia hasta entonces conocida, pero las riendas del destino están en sus manos, señorita Leah —los vaticinios de su nodriza no eran algo nuevo para la muchacha, pero aquel augurio fue pronunciado con una voz interior y misteriosa que Leah no conocía y que rompió el bullicio de la habitación para sumirla en un profundo silencio.
Los ojos verdes de la Princesa se reflejaron en el espejo y una imagen recurrente la invadió, pero no podía ser real, porque ella corría en libertad por las praderas; corría llevada por el viento, como cuando era pequeña y escapaba de sus demonios para perseguir sueños que ahora le parecían inalcanzables. Pero algo en el tono en que su nodriza había pronunciado esas palabras que visualizaban un futuro incierto, que había sido escrito por los planetas sobre la roca color marfil que precedía sus días y los de toda la humanidad, la inquietaba. El tono, el color de voz, o tal vez la mirada perdida que parecía en trance aún ahora que Leah alcanzaba a verla a través del espejo.
La incertidumbre no se disipó al colocar sobre su rostro la máscara que sólo permitiría admirar dos esmeraldas brillantes. Cuando las doncellas alistaron los últimos detalles, la puerta doble se abrió y, como si la felicidad hubiese sido extirpada del mundo, la Reina ingresó a gran velocidad cortando la algarabía y, con disgusto, apuró a su hija. Con su antifaz en mano y un enorme y extraordinario vestido más rojo que sus labios, su madre la antecedió a paso ligero. La joven no se había despedido de su nodriza y aquellas preguntas, que su inquieta mente formulaba, deberían aguardar para ser respondidas.
Intentando no pisar el vestido, entorpecida por la cantidad de tela que la rodeaba e incómodos sus pies con aquellos zapatos de taco, la Princesa siguió como pudo a su madre a través de la escalera. El gran baile de máscaras aún no había comenzado; la familia real debía estar completa.
Cuando la primogénita del Rey alcanzó el primer piso, la música llenó de acordes el ambiente. Un revoltijo en su estómago se afianzó al observar la multitud expectante que la aguardaba en la planta baja, y cuando la joven comenzó a descender la majestuosa escalera de madera, los murmullos se hicieron oír. Sus ojos se mostraban serios y serenos, pero la sonrisa deseada no lograba brotar.
El antifaz azul con detalles perlados podía tapar la mitad de su cara, pero no cubriría su identidad. Cada dos o tres pasos, se detenía a hacer una cansina reverencia cuando los presentes la saludaban. Recogía un poco su vestido y apenas flexionaba las piernas, inclinando su cabeza. La sonrisa era forzada y así como aparecía, se esfumaba al avanzar entre los invitados.
Los muebles del salón principal habían desaparecido, pero la suntuosidad, que se extendía al resto del castillo, permanecía y resaltaba desde la decoración de las paredes floreadas, con sus enormes tapices y óleos firmados por los artistas de turno; guirnaldas y lazos de terciopelo colocados con precisión; adornos traídos de otras naciones; obsequios para afianzar lazos, cerrar tratos y renovar treguas, y, por supuesto, los jarrones de porcelana que, orgullosa la Reina, ansiaba exponer a la vista de todos aquellos que supieran admirarlos.
A Leah le costó llegar al extremo opuesto, donde las amplias y pesadas cortinas de color bordo podrían servirle de refugio. A su paso, aquella gente que era considerada importante la saludaba con leves movimientos de cabeza y solemnes reverencias, pero ella no reconocía sus rostros tras las coloridas máscaras ni tenía interés por saber quiénes eran. Ella solo ansiaba salir del gentío, esquivar a aquel sirviente que ofrecía pequeños bocados de comida con su bandeja de plata, y lograr pasar desapercibida, o al menos todo lo desapercibida que ser la hija del mismísimo Rey le permitía.
Cassandra alborotaba a los jóvenes y luego reía con sus amigas, tapando su boca rosa en forma de perfecto corazón con un abanico verde que combinaba con su vestido y antifaz, tras el que clavaba la vista en los hombres de su interés.
A veces, durante las tardes lluviosas, la escuchaba hablar de las excitantes bodas de las jóvenes de la corte, y luego, observaba los momentos de tristeza que pasaba refugiada en su alcoba, llorándole a la almohada sus pesares más profundos. Pero cuando la veía reír de aquella forma, Leah no sentía pena alguna por la situación de su hermana menor. No pensaba hacer caso a sus miradas de desprecio; ella no tenía la culpa de ser la primogénita ni de las estúpidas reglas impuestas por sus antepasados. Leah no deseaba convertirse en la esposa de alguno de los enemigos de su padre solo para mejorar las relaciones o sellar un pacto, pero sabía cómo se manejaban esos asuntos en la corte; había presenciado por dieciséis años ese tipo de arreglos que consideraba despreciables. Tampoco pensaba casarse para que su hermana luego pudiera unirse a algún hombre pretencioso que la colmara de joyas y niños; no estaba en su naturaleza semejante sacrificio.
La Princesa quería manejar los hilos de su propia vida, no podía caer en mandatos impuestos por gente que ni siquiera la conocía; pero tampoco encontraba soluciones a los problemas que irremediablemente la perseguían. Las estaciones transcurrían y se acercaba la fecha límite, pero, en aquel momento, prefería no pensar y alejar de su mente las nubes grises que se arremolinaban en el cielo.
Tendría que hipnotizar al destino para que siguiera sus propias órdenes, decidió allí, de pie junto a una lámpara, y en el momento en que se percató de que la puerta acababa de abrirse y unos ojos negros, enmarcados por estrellas violetas, la observaron al pasar, recordó las palabras de su nodriza y se dio cuenta que su deseo aún podía llegar a hacerse realidad.
La Princesa quedó turbada unos minutos, con la mirada vagando por el lugar donde la dueña de aquellos ojos había desaparecido entre la gente, hasta que notó que, luego de una cortes reverencia, un muchacho altísimo, con un moño celeste y antifaz del mismo color, le ofrecía su brazo. Era Nathaniel; su cabello rojizo y su postura desgarbada eran inconfundibles. Y aunque el cuerpo de Leah sentía la imperiosa necesidad de salir corriendo, de huir hacia cualquier lugar lejos de allí, su mente le ordenó que se quedara y, sin más remedio, aceptó la invitación del hombre.
Una gran cantidad de jóvenes ya estaban dispuestos en una larga hilera en el centro del salón; frente a ellos, las mujeres se ubicaban en posición de reverencia. Leah y su pareja se posicionaron rápidamente, en el preciso instante en que la orquesta daba inicio a la música.
Aquellos rituales sociales de pre-apareamiento le quitaban la gracia al acto de bailar, pensaba la muchacha, mientras con su mano apenas apoyada en la de su compañero, avanzaban unos pasos hacia delante y otros tantos hacia atrás, para luego repetir la acción con la mirada puesta en la dirección contraria. No solo el incomodo vestido entorpecía sus pasos, el hecho de tener que recordar cada uno de los movimientos estipulados para la danza grupal, coartaba la libertad con que Leah encaraba el acto de bailar. Ella disfrutaba de la música cuando los acordes atacaban sus oídos e invadían cada centímetro de su cuerpo, que se movía instintivamente siguiendo el ritmo que le dictaban sus sentidos.
Los adultos miraban con interés el baile desde los laterales del salón. El Rey y su esposa lo hacían sentados en sus asientos, mientras bebían aquel líquido ambarino, cuyas burbujas explotaban al alcanzar la superficie, y que se había convertido en una novedad desde la última reunión.
Leah se inclinaba en una reverencia y luego recorría, con desinterés, el salón, tras otra pareja que, con delicados movimientos, sonreía disfrutando de la exhibición. Intercalados, mujeres y hombres volvieron a enfrentarse. Leah localizó en el otro extremo del salón a Cassandra, que lucía emocionada y radiante. La siguió con la mirada mientras, distraída, continuaba con los pasos que conocía de memoria después de tanta práctica. Pero una sola cosa la hizo volver su atención a la danza: enfrente suyo unos ojos, tan oscuros como las profundidades de una fosa, le clavaron la mirada. La Princesa se olvidó de sus movimientos al darse cuenta que aquella joven era la misma que la había eclipsado al llegar al castillo. El muchacho que tenía a su lado, con gesto adusto, la empujo con el brazo para que se concentrara y continuara moviéndose, y cuando llegó el turno de la ronda en la que dos parejas se tomaban de las manos y giraban hacia un lado, y luego hacia el otro, Leah se extravió en aquellos ojos negros que la observaban con descaro.
El momento duró poco y Leah y Nathaniel volvieron a ser dos, pero de ahí en más, la joven no dejó de observarla mientras pasaba a su lado al compás de la música. El vestido blanco con arabescos violetas caía sobre su cuerpo como una túnica, pero dejaba casi la totalidad de su espalda al descubierto, aunque su cabello, tan negro como el carbón, caía en forma de ondas y rozaba la cintura.
Por el rabillo del ojo, Leah seguía a la figura de blanco, que con gracia acompañaba los pasos de su pareja. Luego de marchar en fila, las duplas volvieron a enfrentarse. Bullendo en su estómago, una sensación indescriptible hizo temblar a la hija del Rey, que al formar nuevamente la ronda, intentó buscar aquellos ojos de mirada intensa que se escondían tras las estrellas.
Su pedido no se hizo esperar y, como leyendo sus pensamientos, la misteriosa chica la observó desafiante. Un escalofrío recorrió su espalda al establecer el contacto visual y, como si de magia se tratase, la gente desapareció del gran salón; las tenues luces enfocaron las dos siluetas femeninas que, sin dejar de mirarse, seguían girando al compás de una música ahogada por el silencio. Solo ellas dos existían en una tierra donde la luna gobernaba desde el firmamento; las estrellas jamás dejaban de titilar, ni siquiera al alba, cuando un sol enérgico renacía para suplantar a la agotada luna, y la música continuaba durante todo el día, para que ellas danzaran hasta el atardecer.
El trance se rompió y Leah se dio cuenta que no se encontraban solas y que la pieza musical estaba a punto de finalizar. Cuando la gente comenzó a mezclarse y los murmullos reinaron en el amplio salón, se sintió mareada, como si intentara erguirse luego de un fuerte golpe en la cabeza. Pero antes de que pudiese hacer ademán de alejarse, un correcto caballero, vestido con ropaje militar, la tomó de la mano para comenzar un nuevo baile. No lo conocía, pero en ese momento no le interesó, se sentía perdida, embriagada por una sensación de irracionalidad que mareaba su mente. Se sentía confundida, eufórica. Quería salir corriendo hacia el bosque y gritar hasta quedarse sin aire. Quería montar a Varón y cabalgar hasta el pie de las montañas, para ir en busca de monstruos inexistentes que le dieran batalla, porque en lo profundo de su corazón, sabía que, aún sin espada o armadura, ella saldría triunfante. Deseaba trepar por las escarpadas laderas del Este, para saltar al vacío antes del amanecer, porque estaba segura que con el sol como testigo, ella podría volar.
Y esa perdida de razón momentánea que experimentaba se incrementó con el roce de una mano. Leah giró su cabeza sobresaltada al sentir esa cálida piel que acariciaba sus dedos. A su lado, rígida, observando a su nueva pareja, un hombre escuálido y diminuto que parecía un bufón con su traje verde, estaba de pie la señorita que provocaba torbellinos en su interior, intentando, disimuladamente, llamar su atención. Cuando los primeros acordes sonaron y los hombres acortaron el espacio que los separaba de las damas, la morocha ladeó su cabeza y le dedicó una sonrisa. Aquella mirada quemó la piel de la Princesa, que necesitó de unos segundos para recomponerse.
Los roces de la mujer se hicieron continuos al cruzarse durante la danza. Leah se movía como automatizada, pero temblaba de emoción cada vez que esos dedos  ajenos tocaban su mano. Antes de finalizar, la joven se animó a seguir sus instintos y al avanzar en fila, del brazo de su compañero, rozó las puntas de aquel cabello azabache, haciendo contacto con la suave piel de su cintura. La misteriosa muchacha de máscara violeta pareció sobresaltarse, pero en el paso final, realizó la reverencia con su vista clavada en ella, olvidándose completamente de la presencia de su pareja de baile.
El aplauso colmó el salón; una nueva canción estaba por comenzar, pero Leah no podía seguir bailando, necesitaba salir de allí, alejarse de la muchedumbre que empezaba a movilizarse para volver a formar parejas. Alguien a su lado le hizo un gesto, algún joven cuya identidad recién se revelaría cuando las campanadas anunciaran la medianoche y los antifaces volaran por los aires, dejando los rostros al descubierto. La Princesa hizo caso omiso a la reverencia, y como si no lo hubiese visto, pasó a gran velocidad entre dos jovencitas risueñas que permanecían a la espera de que algún candidato las sacara a bailar.
Pero llegar al extremo opuesto del salón no fue la solución; le faltaba el aire, estaba mareada y sentía que no podía respirar en aquel ambiente lleno de gente. Apresurada, con el rostro desencajado, Leah fue esquivando invitados, que la observaban sorprendidos, y se encaminó hacia las cocinas. Pero a tiempo se dio cuenta que aquel lugar también estaría repleto, así que torció el rumbo y se escabulló dentro de uno de los salones menores. Allí reinaba la oscuridad, y la música y el bullicio provenientes de la fiesta quedaban amortiguados por las gruesas paredes de piedra. Caminó a tientas hasta llegar a la ventana, corrió el cortinaje y se deslizó hacia el pequeño balcón que daba sobre uno de los laterales del castillo.
Después de unos instantes, su respiración se normalizó. Buscó refugio en la noche estrellada, tan familiar para ella como la tierra que pisaba día a día. Consiguió serenarse, pero su mente seguía girando sin sentido.
El aliento cálido en su nuca la hizo sobresaltarse, al instante que una mano tocó su brazo, erizando la piel. A su lado, la joven que la había desconcertado, estaba de pie, observándola. No sabía cómo la había encontrado allí, escondida, lejos de la multitud. Si la había seguido, la Princesa estaba tan sumida en sus pensamientos que ni siquiera la había oído entrar.
No supo qué decir ni cómo actuar. La morocha dejó de mirarla y apoyándose en la baranda, extravió la vista en el exterior. Estaba tan cerca de ella que pudo oler aquel aroma a lavanda que la hacía viajar al pasado, en busca de sus más preciados recuerdos. La imitó en su posición y por un largo rato permanecieron en silencio, contemplando la oscuridad. Leah la observó de reojo y se fijo en una pequeña marca en la sien; una cicatriz que cortaba la delicadeza de su piel trigueña. Se preguntó tantas cosas al contemplar su perfil…
Me pregunto por qué en esta velada tan especial la hija de Rey se escabulle de sus invitados… —dijo la muchacha dándose vuelta para mirarla. Su voz era fuerte y clara, no había delicadeza en ella, y luego de haberla escuchado, la heredera del trono maldijo el silencio que tanto amaba y que no quería volver a sentir.
—Tal vez por la misma razón que usted... ¿Podría saber a quién tengo el placer de conocer en esta noche sin luna? —respondió Leah, sacando las palabras de la profundidad de sus entrañas.
No importa mi simple nombre cuando estoy frente a sus ojos, mi lady. Es imposible existir bajo su mirada, porque sus ojos verdes todo lo iluminan, todo lo transforman.
Por supuesto su delicada figura debe existir sin mi presencia, pero estoy segura de que usted sólo brilla para que mis humildes ojos la contemplen —se animó a responder, dándose cuenta que jamás había hablado así a nadie en toda su vida.
El silencio volvió a predominar en aquel balcón, pero sus miradas no flaqueaban. Al ver el rubor que había trepado a las mejillas de la joven, Leah decidió continuar, olvidándose del mundo, del castillo, de su vida.
Ofrézcame su nombre para acallar mi inquieto corazón; permítame gritarlo al viento para que el eco de mi voz, como una suave brisa, lo devuelva a mis labios —le dijo mirándola fijamente, adelantándose unos pasos. Sentía que aquel órgano vital que latía apresurado, estaba a punto de saltar de su pecho; una locura insensata la invadía—. Despójese de esa infame máscara que no permite que me deleite con su rostro. Revéleme su identidad para poder domar el sinsentido que me invade en su presencia.
Tenga cuidado y no pierda la razón, Princesa —le dijo observando alrededor con apremio, como si supiera que alguien las acechaba en las sombras—. Las palabras que brotan de sus labios son dulce melodía para mis oídos, pero pueden convertirse en un artilugio letal pronunciadas por lenguas viperinas
Que hablen los que todo creen saberlo, que ni siquiera sus bocas pérfidas pueden ensuciar con sus dañinas palabras este torbellino de sensaciones que experimenta mi cuerpo —aseguró, negando con la cabeza. Creyó ver una sonrisa naciendo en su boca, pero en seguida, la joven se mordió el labio. Toda la seguridad con que la había abordado durante el baile se había esfumado—. Ni con mil azotes las más poderosas legiones podrían vencer mi alma candente de deseo. “Sacrilegio”, pueden gritar a mi paso aquellos que se creen libres de pecado, y aún así… —antes de proseguir, sonrió, dándose cuenta del significado de las palabras recién pronunciadas—… no conseguirán abatir las llamas que arden en mi interior.
Sensatez, mi lady —susurró al acercarse y posar un dedo sobre los labios de la Princesa—, que mi espíritu no podría continuar en la tierra si supiera que no va a volver a resplandecer bajo su mirada, ahora que ha descubierto el poderío de sus pupilas.
Las primeras campanadas, que indicaban el advenimiento de la medianoche, retumbaron en todo el castillo. Ambas dirigieron su atención hacia el interior y se volvieron a observar con desesperación. Leah, por primera vez, al sentir el contacto de la piel contra su labio, descubrió el sentido de la vida en la tierra. La otra muchacha se olvido de sus reparos y con el ímpetu que su alma inquieta fomentaba, posó sus labios sobre los de la princesa por un instante que pareció durar eras. Cuando se separaron, Leah abrió los ojos, recuperando el aliento y, en seguida, sintió la falta de calor que aquella boca le había proporcionado.
Cuando la doceava campanada sonó, la joven sonrió quitándose su antifaz en forma de estrellas, revelando así el rostro que Leah jamás olvidaría.
Morgana —reveló la morocha susurrándole su nombre al oído, y así como había llegado, se retiró, dejando a la joven de pie en el balcón, sin aliento, atontada y con su mundo invertido.
Morgana —repitió en voz alta Leah, como ratificando que todo aquello no había sido solo un sueño—. La Duquesa… — cuando su espíritu se serenó, supo, al recordar, de donde conocía ese nombre. Y allí mismo, con el astro invisible como testigo, la Princesa juró por su propia vida que haría lo imposible por tener a aquella mujer entre sus brazos.




Posted by Debora Dora

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